Con el tiempo y quizá fruto de hablar con ellos demasiadas veces terminé por perder la admiración hacia los futbolistas, algo lógico cuando uno descubre que son personas para lo bueno y para lo malo. De la admiración enfermiza de los años de adolescente pasé a la envidia en mis primeros años de reportero de los que tiene que ir a buscarse la noticia allá donde se produce. Mi neurona preguntona todavía no había desarrollado su ya famosa maldad para preguntar y su bendita capacidad de hacer enfadar a los madridistas —si supieran ellos lo que se motiva ella cada vez que la insultan, no le dirían todo lo que le dicen—, pero sí envidiaba a los jugadores del Valencia porque ganaban mucho dinero y porque habían hecho realidad uno de los dos sueños que yo ya había asumido nunca saborearía; jugar en el Valencia y ser un guitarrista de rock.
Cuando descubrí mi vocación de ´arrejuntar letras´ como estoy haciendo ahora mismo, comprendí que es muy fácil sentir envidia pero no es tan fácil marcar goles como Villa o tocar la guitarra como Angus Young y que todo aquel que quiera ganar tanto dinero como ellos lo tiene muy fácil, «ponte a jugar y juega —o toca la guitarra— mejor que ellos. Son los protagonistas del negocio y se merecen ganar más dinero que nadie». Por culpa de César he vuelto a sentir envidia de un jugador de fútbol. Sí, no lo niego, tengo envidia de César Sánchez. Tengo envidia porque lo veo feliz. Tengo envidia porque transmite felicidad y tengo mucha envidia porque lo veo disfrutar y lo creo capaz de todo para evitar un gol del rival. Por eso, le digo al amigo César, ¿por qué has tardado tanto en venir al Valencia? ¿Dónde has estado perdiendo el tiempo todos estos años?