Hace escasamente unos días comprobé con enorme satisfacción que tengo familia en Alcorcón. Sí, no miento. Se trata de unos familiares de toda la vida —no sé si existen familiares que no sean de toda la vida— de Madrid, es decir, «la tía Chata de Madrid». Estuvo el otro día la tía Chata por casa de mi madre de visita unos días y me dice altanera: «¿Has visto qué equipo tengo?». Yo me quedo mirándola y le digo, «¡pero si tú eres del Madrid de toda la vida y os han ´cascado´ cuatro en Alcorcón!». La tía Chata se quedó mirando a mi madre resaltando una y otra vez lo gilipollas que soy: «¿Pero este no sabe que yo vivo toda la vida en Alcorcón?».
Me entraron entonces una ganas tremendas de abrazarla pero no lo hice por si se asustaba. La mujer no era ni de lejos consciente de lo feliz que me había hecho en ese momento, porque si mi tía la madridista —que yo pensaba desde pequeño que vivía en Madrid— era de Alcorcón, pues mi neurona preguntona y yo... ¡también somos de Alcorcón! Es ni más ni menos como cuando Asterix y los galos de su aldea caen en la cuenta de que ellos pertenecen al mundo romano y que por lo tanto, como romanos que son, pueden participar en los juegos olímpicos —ver Astérix en los juegos olímpicos, muy recomendable—. Así que yo que toda la vida he presumido —y presumo— de ser de un pueblo pequeño de l´Horta Nord en el que todavía puedes pasear al perro entre campos de naranjos y de alcachofas, ahora puedo presumir también de que «yo soy, de Alcorcón, Alcorcón, Alcorcón...».
Hasta hace nada no sabía la diferencia que hay entre Alcorcón, Moratalaz o Carabanchel y Madrid, porque con tanta M30, tanta M40 uno no sabe dónde empieza la capital y dónde empiezan los pueblos de alrededor. Ahora ya lo sé, ahora para llegar a Alcorcón sólo tienes que coger la M40 y desviarte donde pone M4-0... ¡Qué gran carretera!