En esta vida hay que saber montárselo. Es una cuestión de imagen. Es la ley del marketing, la que convierte a un tipo que vive a la sopa boba —detrás y sin dar la cara— y cobra una pasta, en una buena persona siempre al pie del cañón y con una aparente discreción digna de elogio. ¡Tonterías! Aunque bien mirado no todo son tonterías, alguna verdad hay.
Porque sí es cierto que siempre ha estado detrás, donde los focos no alumbran. Y ahí, en el anonimato que da la oscuridad, ha tenido tiempo para blindarse el contrato a sí mismo —por obra y gracia del gran visionario Vicente Soriano que le dejó el contrato bien ´embastado´— y para hacerse un disfraz de mártir y anunciar año tras año que se va. Pero no se va. Lleva careta, se la quita y se la pone y ahora busca aliados en el Consejo entre aquellos que un día le dijeron a la cara las verdades del barquero, esas que dicen que él ha estado, de una manera u otra, en todos los gobiernos anteriores y que por tanto es partícipe, de una manera u otra, de las gestiones que han dejado al Valencia al borde de la extinción.
Al mártir de la careta le vino el toro grande y pactó la venta de Villa al Madrid de Florentino. El mártir de la careta se negó a que los accionistas del club sancionaran en la última junta las gestiones de Soriano y Soler, ¿por qué? El mártir de la careta el sábado pasado no llevaba bufanda...