Domingo 24 de enero; cinco de la tarde. Monòver, Alicante. Mi amigo Mistera y yo subimos la estrecha y empinada escalera de la sede de la peña valencianista, en la calle Mayor. La puerta está entreabierta, el partido ha empezado y unas doce personas miran la televisión. Llamamos: «Buenas, es que no sabemos dónde ver el partido de hoy...». El que luego supimos era presidente de la peña nos dice que si somos del Valencia no hay problema, «paseu, paseu». Antes de que nos sentemos me dice uno: «¿Tú eres Carlos Bosch?». Me dice que me escucha en la Taula de Ràdio 9, que me ha visto alguna vez en la tele y me lee todos los días en SUPER, «porque es el único periódico que podemos comprar aquí que nos informa del Valencia». No se puede decir que Alicante sea una provincia valencianista, porque no lo es. Mayoritariamente la gente es del Hércules, del Elche, del Barça o del Madrid. Y esto es así por mucho que los haya empeñados en querer conquistar la luna con cantos de sirena. No cuento esta historia para hacerme el importante, la cuento para aquellos que no saben lo que significa querer al Valencia en territorio comanche y la cuento después de comprobar el cariño que allí tienen a tipos como yo y a periódicos como este. «Carlos, muchas gracias por venir. Tiramos una traca cada vez que gana el Valencia y nos hacía ilusión que la hubieras tirado tú, pero otro día será». Amigos, os tomo la palabra... Y esta palabra, este papel escrito por las mil manos de una sola mano, no queda en ti ni tampoco sirve para sueños. Cae en la tierra y allí se continúa pero no como una mera palabra ni papel escrito, sino como una sucesión de sonidos del corazón, llámalo música si quieres...