Dice el presidente del Getafe que si en un partido de fútbol ocho o nueve jugadores tienen un mal día ya no es una cuestión de los jugadores, es una cuestión del entrenador, y no es que este hombre sea uno de mis ideólogos futboleros, pero lo cierto es que en esto en concreto tiene un punto de razón a tener en cuenta. Imagino que estaremos de acuerdo en que la última vez que jugó el Valencia, más allá de la lamentabilísima actuación de Pérez Burrull, hicimos el ridículo, pero como ya se ha hablado demasiado de la responsabilidad del entrenador, hablaremos hoy de la responsabilidad de los jugadores porque el del Vicente Calderón, al margen de los paseos de alguno —para mi imperdonables porque se supone que ese día debía ganarse el puesto— fue uno de esos días en que demasiados salieron a pasearse mucho. Y esto lo digo de manera literal y con toda la mala leche del mundo. Me da igual.
Y justamente salen a pasearse después de remontar una eliminatoria por cojones —o como se diga—, situación que a los ojos de la gente, todavía lo hace más llamativo porque se ve más. Sí, los jugadores del Valencia hicieron el ridículo en el Vicente Calderón solo tres días después de eliminar al Brujas en la prórroga tras una piña en el centro de Mestalla que a alguno nos puso la piel de gallina. Iluso de mí, yo pensaba que aquello era el vivificante ejemplo del espíritu de este equipo y que detrás de aquel cántico unánime podía esconderse un objetivo en forma de título. ¡Qué desilusión!
He escuchado también que Pep Guardiola les puso a sus jugadores el reportaje que hizo el programa ´Informe Robinson´ sobre el rescate del montañero Iñaki Ochoa para que con él los chavales recuperaran conceptos perdidos en lo que a funcionamiento como equipo se refiere —por cierto, enhorabuena a todos los que tuvieron algo que ver con ese documental; el corazón en un puño, de verdad—. Conceptos como solidaridad y esfuerzo colectivo en pos de un objetivo común, y sobre todo, conceptos como amistad y fidelidad se elevan a categoría de ´idea pura´ en estos sinceros pero simples 22 minutos. Uno no puede ver este documental sin que al menos se le escape una lágrima y le cueste tragar saliva un par de veces. De verdad, no se puede ser tan machote como para no llorar, porque las palabras de la gente que dio hasta su último aliento y cooperó en lo que pudo para salvar a Iñaki, estremecen el corazón al tiempo que te hacen dudar en si realmente merece la pena replantearse la vida.
Sé que comparar un partido de fútbol con la estremecedora historia de los últimos suspiros vitales de Iñaki Ochoa y los irracionales, tiernos y ejemplificantes esfuerzos de las catorce personas que arriesgaron su existencia por salvarle puede ser una de las gilipolleces más grandes que escriba nunca, pero esta es una de esas veces en que necesito escribirlo porque no me lo quito de la mente.
Con un edema cerebral en la cabeza pero a solo cien metros de la cima del Annapurna, Iñaki todavía se plantea si debe abandonar o conquistar la maldita montaña pero su cuerpo no le deja. No puede más. Los días en que Iñaki permanece moribundo en la tienda junto a su amigo Horia Colibasanu «son la historia de cómo unas personas comprometen su salud, su bienestar y sus vacaciones para jugarse la vida por salvar a un tipo cuyo rescate es imposible en la montaña más peligrosa del mundo», asegura uno de los hermanos del montañero en un documental que comienza así: «Hola soy Iñaki Ochoa de Olza, soy navarro y me dedico a escalar montañas». Si eres jugador del Valencia y has leído esto te hago una pregunta: ¿De verdad hace falta que el entrenador os enseñe el reportaje de Iñaki Ochoa para ganar partidos de fútbol? Mejor no me contestes?