Una vez asumida y digerida la feliz resaca tras la épica eliminatoria con el Brujas, me quedan algunas reflexiones en el disco duro que mi neurona preguntona no quiere dejar escapar.
Orgullo y satisfacción
Me encanta reconocer y lo hago con satisfacción que el otro día había una mano que mecía el partido y era la de Emery. El entrenador apostó, varió sobre la marcha y ganó, y eso hay que valorarlo. Justo el día en que tanto se jugaba. Emery se hizo mayor por fin. Sólo fallan penaltis los que los tiran...
César y Moyà
El entrenador apostó por César en la portería y ganó. Nunca sabremos si Moyà habría parado el uno contra uno que paró César ni si habría metido la mano que metió el Brujo y evitar así que un balón se colara por la cepa del poste, pero sí sabemos que el portero que eligió Emery sí lo hizo. César metió la pierna y la mano cuando había que meterlas.
Una clave
Pero el Valencia ganó el otro día algo más que una eliminatoria y mucho más que la sensación de que Emery por fin ejerce de entrenador y le mete mano al partido con sus decisiones. El Valencia se ganó ayer el cariño de la gente. Y eso es tan difícil de lograr como fácil de desperdiciar, es preciso saber gestionar el capital anímico logrado el pasado jueves porque ahí puede estar una de las claves de la temporada. Unai, no mires más atrás, disfruta del momento, has de saber saltar y reírte del invento. Deja ya de ser el mártir de tu cuento.