Llega la hora de los renegados, de los extranjeros en patria ajena, de los que tienen billete de ida sin esperanza de vuelta. Es la hora de los que no contaron y el tiempo de los refugiados de falsas promesas y desertores sin rumbo fijo. Amanece por fin el día perfecto para que todos se pongan al servicio del colectivo más allá de su pasado reciente y de todas las afrentas personales. Porque hoy es el futuro —para ser más estrictos, el futuro es el próximo lunes con sus pasos descalzos de lo venidero—. Que no traicione aquel que se sienta traicionado porque la mejor manera de poner la otra mejilla es dando un golpe de autoridad y morder y morir por un sitio entre los once elegidos. Y repetir. Y repetir siempre hasta el infinito y más allá.
Sé que es mucho más fácil escribirlo que hacerlo —ojito que me ha costado un huevo pensarlo— y probablemente si a mí me pidieran que pusiera la otra mejilla, diría aquello de «es que me chupa el otro huevo», pero afortunadamente para Emery yo no juego en el Valencia y mi mala leche se queda en mi casa cuando mi mujer no está. Así que son ellos los que han de ser capaces de entender que importa más el club y su murciélago que nosotros y que visto lo que se avecina en forma de calendario, o cambiamos o nos metemos entre los cuatro primeros, que el asunto está más complicado de lo que parece. Chicos, tirad p´alante porque en vuestras botas recae la responsabilidad de darle la vuelta a la tortilla como aquella vez en que Djukic y Marchena tuvieron que ganar la Liga —es un decir, se sabe que aquella Liga la ganamos entre todos—, porque Ayala y Pellegrino se quedaron en el camino o por sanción o por lesión cuando se jugaban los partidos definitivos. (Para Moyà, Maduro y Baraja)
Marchena y el récord
¿Tanto le costaba a Del Bosque poner a Marchena diez minutos para que hiciera el récord de estar 50 partidos con la selección sin perder? ¿Si el récord fuera de otro jugador de otro equipo qué habría pasado? Habría pasado que muchos habrían montado una campaña y aunque estoy solo en esto, queda inaugurado mi grito particular hacia el seleccionador: ¡Un poquito de por favor con Marchena!