El Valencia lleva cinco, seis, siete o no sé cuántos partidos ya —en cualquier caso demasiados— jugando a fútbol bastante mal. Es más, por momentos y mientras veía el partido de anoche, tuve la sensación que en lo que a juego se refiere, el equipo ha involucionado. Es como si afontáramos el choque con los cuatro de arriba empeñados en hacer la jugada del siglo a base de paredes, pero mientras, los dos medios centros están detrás y demasiado lejos. Es decir, los de arriba pueden romper cualquier defensa pero en la creacción no hay un sentido colectivo del juego. Es una situación peligrosa si va a más pero que a lo largo de la temporada le puede pasar a cualquier equipo. Ahora le toca al Valencia. Eso sí, felicito a los jugadores del Valencia y a su entrenador, y les felicitaré más si son capaces de parar la caída casi en barrena que está experimentando el juego colectivo del equipo. Digo que les felicito porque han entendido a la perfección que la manera de superar el bajón en el juego es arrimando el hombro entre todos. Ayer volvió a quedar claro. Sí, puede que haya jugadores que están tiesos, pero el problema del Valencia en los últimos partidos no es físico. Tampoco es un problema de ganas o intensidad —aunque en el Calderón fue eso lo que falló—, ahora jugamos peor que hace unos meses. Ese es el problema. Tiene solución.
Lo bueno de lo malo
Lo bueno de llegar a la conclusión de que el Valencia juega ahora peor que hace unos meses es precisamente eso, que si hace unos meses sabíamos jugar a fútbol y bastante bien, si el equipo quiere, se mentaliza y se lo propone, volverá a jugar a fútbol bien. Vale que tampoco tenemos tanto tiempo para buscarnos y encontrarnos, pero no hay más remedio. De momento, con que pongamos la misma intensidad ante el Barcelona, seguro que rascamos algo del Camp Nou.
Y del Madrid, claro...
«El Canguelo verdadero, el que jode de verdad, el que siente Florentino y no le deja respirar. El Canguelo de mi vida, Canguelo de mi corazón, no me llega la camisa al cuello, que no pase por favor. Nos quitamos la careta, ya no importa lo español, que no la gane el Barça, no en mi casa por favor». Y con esta ácida rima cosecha de mi neurona preguntona, quiero preguntarle al mundo madridista: ¿Y ahora quién? ¿Quién es el antiespañol? ¿Ahora quién? ¿Quién chulea sin razón? ¿Ahora quién utiliza la hipocresía? Ahora tú, madridista... (inspirado en ´Nos vimos en Berlín´ de S. A.) ¿Quién no quiere ahora que un equipo español gane la Champions? ¿Quién apoya ahora a un equipo alemán y a otro ruso si hace falta? Si yo he sido toda la vida un gilipollas y un radical porque quiero que el Madrid pierda aunque juegue contra un equipo alemán, ruso o indio, o sobre todo cuando juega contra el Lyon —o el Alcorcón, y que vivan García Lorca y la poesía— ¿qué sois vosotros ahora? Pues no, vosotros ahora no sois ni radicales ni gilipollas, sois simplemente aficionados a un equipo de fútbol que ha vuelto a hacer el ridículo, y el fútbol tiene cosas que a menudo hacen que uno no atienda a razones y solo escuche el ritmo de su corazón. Y ahora, mi corazón late así; ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Amigos, la única esperanza que os queda es rezar para que la Liga de Campeones la gane el Esperanza Sur de Mauricio Colmenero, pero va a ser que no «tirí, tirí, tirí».