Dice el colega Jesús Ferris que aquellos que alguna vez hemos leído El nombre de la Rosa de Umberto Eco sabemos que no hay mayor enemigo de la verdad que el olvido. Dice que no podemos olvidar los éxitos recientes para terminar celebrando un merecido y digno tercer puesto —y da igual si es por méritos propios o por deméritos de los demás, es un tercer puesto al fin y al cabo—. En estos días de resaca y tanta apatía heredada por la lastimera imagen dada por el equipo en el Santiago Bernabéu —nada de pelea— salgo a pasear por dentro de mí y veo paisajes que de un libro de memoria me aprendí. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? y, sobre todo, ¿a dónde vamos? —¿estamos solos en la galaxia o abandonados?—.
Somos un puñado de aficionados a un equipo de fútbol, somos por tanto un sentimiento colectivo que va más allá de cualquier cosa que uno haya podido conocer. Soy de los que piensa que no se sabe qué es ser valencianista si no lo ha sufrido en silencio. Soy de los que siente que el Valencia es más sufrimiento que alegría. Y me da igual porque a estas alturas ya no puedo evitarlo. Lo llevo tan adentro que ahí quedará para siempre. Somos en definitiva un puñado de locos desesperados en busca de una ilusión, un puñado de locos venidos de París, de Milán y de Göteborg. Un puñado de locos que si alguna vez tuvo cordura la perdió con un doblete demasiado añorado. Un puñado de locos empeñados hasta la autodestrucción en repetir glorias pasadas caiga quien caiga, tan deseosos de volver a disfrutar que nos disponemos a coger el camino más corto sin atender a razones; ´porque sí, porque sí y porque sí, porque en esta vida no puedo pasar más de un día entero si ti´.
Sé cuál es el camino más corto y hasta estoy convencido de que no es el mejor porque lo hemos tomado demasiadas veces con demasiada alegría y sin mirar abajo. Sin mirar atrás. Desconozco, sin embargo, ese rostro familiar que me mira cada mañana en el espejo, desconozco cuál es el camino correcto pero para guiarme por él hace tiempo empeñé mis memorias a mayor gloria de Manuel Llorente —el que está—. Ni me atrevo a insinuar en estas líneas de reconciliación con mi cordura tan demasiado escondida en el disco duro que el camino correcto sea Emery. Estoy loco pero no tanto, me inquieta, eso sí, la pregunta que me hecho al despertar en la mañana, la pregunta que ha dado vida a tanta reflexión barata: ¿Está el valencianismo preparado para otro año de Emery? Que no piense nadie que me he montado esta pera mental para llegar a la conclusión de que con la renovación del entrenador la temporada empezará viciada y caeremos en errores del pasado. No soy tan simple cuando me pongo serio. De hecho, es todo lo contrario. ¿Tan empeñados estamos en ser lo que fuimos no hace tanto que nos negaremos de raíz a volver a soñar con Unai? ¿Estamos preparados para levantarnos otra vez? «He decidido volar y darle un portazo a otra parte de mi vida, que es buen momento para iniciar otra partida. En la cadena he colocado otro eslabón. Me he dado cuenta de que es más sincero ser falso con uno mismo que no asfaltar con los recuerdos el camino, ¡ahora me queda convencer al corazón! ¿Pero cómo le digo al que tanto ha luchado y que late día y noche por cosas que ya he abandonado? Mirando al cielo pude ver que aquel azul no iba a volver. Da igual que pienses que en mi vida ya no cabe la ilusión, en un instante oí tu voz de nuevo, he vuelto a ser yo y he decidido que el que mande siempre sea el corazón —Benito Kamelas—». (Posdata: Lo del Bernabéu me ha dejado KO, pero le he prometido a mi colega Borja volver a las andadas... «y me vomito gritando un sueño», porque ser, eres. Y es lo que importa).