Hace unos días un amigo desconocido descubrió mi rock perdido. Fue el amigo desconocido que tuvo la osadía de entrar en el estadio de Mestalla y pasearse impúnemente por sus despojadas entrañas. Primero pensé que el amigo nos había dado una lección a todos los que nos dedicamos a esto del periodismo porque con todo el morro del mundo ha mostrado al valencianismo las entrañas del nuevo Mestalla, algo desconocido hasta su particular osadía. Los teóricos de esto —por no llamarlos pedantes— lo llaman periodismo ciudadano. Es lo que tiene internet y la tecnología, que dan acceso a cosas y situaciones que una empresa periodística no puede permitirse. Un periódico no puede cometer un delito y publicarlo porque sería algo así como decirle al mundo que somos unos delincuentes —en este mundillo, haberlos, haylos—, pero no tengo más remedio que admitir que me sigue martilleando la cabeza no haberlo pensado yo antes —la neurona preguntona anda algo despistada por lo visto—. Pero me pasó que después de mis particulares teorías sobre el periodismo me di cuenta de que el amigo desconocido, ademas, había provocado una poca de angustia también en mi conciencia de valencianista.
Por si alguno no lo sabe todavía, soy de pueblo. Me gusta vivir en mi pueblo y si puede ser, a la ciudad de Valencia sólo voy a currar, a Mestalla y a conciertos de música cuando alguno me interesa y si me deja mi mujer, por eso, son contadas las veces que he pasado junto al nuevo estadio de Mestalla y he podido fijarme de verdad en qué es aquello, qué representa y qué reflexiones puede provocar si uno lo mira fíjamente. No se asuste el personal, que he pasado muchas veces junto al nuevo, parado y abandonado estadio de Mestalla, pero siempre conduciendo, lo que implica que miras de reojo... y sigues cantando —siempre que conduzco llevo la música a tope—. Gracias al amigo desconocido he pasado junto al nuevo estadio del Valencia antes de ir a la redacción del periódico y he bajado del coche. Y he mirado hacia arriba y he sentido lástima. He visto ante mis narices la vivificante caricatura del Valencia de Juan Soler, la imagen de lo que pudo ser y no fue. Y he visto que la vida no está hecha de canciones, he visto que la vida está hecha de pedazos de tormenta y de malditas sensaciones.