Llevaba unos días dándole vueltas sobre qué decir acerca del partido de hoy en El Madrigal. Parto de la base de que el relajamiento justo y necesario que vive la plantilla del Valencia después de lograr la Champions favorece y de qué manera al Villarreal, porque ya saben que en mi opinión el fútbol es por encima de todo, actitud. Como el rock and roll, que es una manera de ver la vida, una actitud ante lo que te rodea. Pues eso, que por momentos y fruto del amaneramiento que me persigue dado el conformismo interesado que rodea últimamente al Valencia —espero no caer jamás en esa corriente de interés— había pensado en la posibilidad de escribir que a lo mejor no está tan mal que gane el submarino, porque a nosotros nos da absolutamente igual y hasta podemos salir al campo del Madrigal y fardar de que somos terceros y además decirles que somos de Champions y ellos no, y que a modo de favor y a pesar del poco cariño que nos profesa la grada amarilla —y algún vocero de por allí— les damos los tres puntos porque a nosotros nos van las batallas de verdad, aunque las perdamos, que últimamente allí nos han tocado la carita casi siempre. Podemos chulear de que a nosotros no nos van las escaramuzas. Digo y repito que dado el nivel de relajamiento general del Valencia —el propio entrenador ya está pensando en su renovación y en la temporada que viene, y hace bien— esa puede ser una manera de tapar la herida antes de que nos muerdan de verdad, porque imagino que el equipo de Juan Carlos Garrido saldrá a morder esta noche y nosotros ya no estamos para mordiscos. Pero todo esto no era más que una simple divagación barata mientras en la cama mi mujer dormía a mi lado, por lo que no tuve más remedio que encender la televisión y con el mando de la tele en la mano esperar impaciente a que de una vez por todas terminaran los anuncios y comenzara un capítulo repetido de ´La que se avecina´ —me gusta esta serie porque es ligera y me olvido de todo—. Y decía que en medio de mi ´filosofía de bar´ apareció la neurona preguntona y me hizo una de sus antipáticas e impertinentes preguntas: «¿Qué haría el Villarreal si fuera al revés? ¿Trataría de ganar el partido o nos regalaría los tres puntos? ¿Qué haría el Villarreal si ellos estuvieran en Champions y nosotros nos jugáramos la UEFA?». Y ahí es cuando la cabeza se me pone a cien y me siento incómodo porque mis manos están quietas pero algo ronda mi cabeza que no me deja seguir —mi mujer seguía dormida, no pensemos mal—, y entonces comienzo a hacer zaping desaforadamente, y me destapo porque tengo calor... y me vuelvo a tapar porque tengo frío —es lo que tiene la primavera—. Y comienzo a pensar en plan agresivo el artículo que ahora escribo, y sigo haciendo zaping mientras la neurona me pregunta una y otra vez «¿qué haría el Villarreal? ¿qué haría el Villarreal?», y de repente aparece un programa de esos en los que solo hablan del Real Madrid y de Cristiano Ronaldo, con periodistas de esos de la meseta que dicen sandeces en periódicos que intentan ser de todos los equipos pero que ya no engañan a nadie, — porque son de Florentino Pérez y lo que a él le interesa—, y ahí, en ese preciso instante y fruto de la ira, salto de la cama, estiro el brazo, y con la mano señalando al techo —el cielo— y el mando de la televisión agarrado fuerte entre los dedos grito aquello de «¡AMUUUUUUUNT! Tenemos que humillar al Villarreal y vengar tanta afrenta del pasado reciente... ¡AMUUUUUUUNT!». Y mi mujer se despierta, y al verme de pie en la cama, con un huevo asomando por los calzoncillos y con una camiseta de MAREA vieja y llena de agujeros, con el mando de la televisión en la mano como si fuera la espada de Excalibur y gritando «¡AMUNT!» como un loco, me mira a la cara y me dice: «¿Pero tu eres gilipollas o qué?». Y apagué la tele, me metí en la cama, me tapé todo y esta noche que sea lo que Dios quiera... ¡amunt...!