Como periodista y como cotilla, me he preocupado por saber cómo andan las cosas entre los fichajes del Valencia y lo que más veces me han repetido es algo así como que Emery está enamorado de Topal. De su capacidad de trabajo, de su discreción y de su predisposición. Y de su imponente físico. Un mal pensado venido a menos como yo podría pensar que estamos ante el final de Albelda, pero no. Va a ser que no.
Porque dada mi innata curiosidad y en mi búsqueda del morbo me di de bruces contra la realidad del 6 y es algo así como que es consciente de que esta vez y de verdad tiene competencia de la buena. Y como el chaval los tiene buen puestos —eso no se le puede negar a David— se ha empeñado en plantar cara y en ser él el titular en el doble pivote defensivo. Sé que alguno no me va a creer —y me da absolutamente igual— pero como ya dije hace unos días, me he comprometido a remar día a día y no tratar de buscar la discordia. Y ahí, desde el punto de vista de la concordia no tengo más que decir que no hay batalla entre Albelda y Topal. Lo que hay es un entrenador que se frota las manos y dos tipos que son un ejemplo para situaciones similares en otras posiciones del equipo —y esto sí tiene un poquito de mala leche, lo admito—. Uno porque ha venido a triunfar y el otro porque se motiva cuando ve que peligra el puesto. ¿Y quién se beneficia de todo esto? Queda claro que el equipo y el Valencia. Y los aficionados, obviamente. Ya me he hecho mayor para guerras y lo único que les digo a Topal y a Albelda —aunque Mehmet no entienda ni ´papa´ de castellano— es que amigos, el que más pueda que se lleve el gato al agua... O como se diga. Yo prefiero estar sentado con una cerveza fresca viendo la pelea. Linda pelea.