No descarto sacar mi entrada y plantarme allí, en la famosa grada para los aficionados de los equipos visitantes de El Madrigal —no digo ´jaula´ por si se enfadan— como si no pasara nada. Lo tomo como una oportunidad para rescatar mi espíritu imperecedero de hace años, ese que me ayudaba a retar al frío y montarme en un vespino para ir hasta el infinito y más allá —si hacía falta— y ver un concierto de ´El Último Ke Cierre´ de la ´Pollar Records´ o de ´Extremoduro´. Ha pasado el tiempo e inevitablemente me he aburguesado, ahora, hasta para ir a ver a los auténticos y eternos Suaves tengo que pedir permiso a mi mujer —por cierto, ¿puedo ir?—. Me siento mayor, no lo niego. Y menos peleón. En mis días libres me gusta el sofá y la charla con los colegas con unas cuantas cervezas por delante. Ahora llevo coche de pijo —o aspirante a pijo, que es peor— con climatizador contra el frío y contra el calor, de La Polla Records ya solo queda Gatillazo, a El Último Ke Cierre les perdí la pista y el nuevo disco de Extremoduro, aunque delicioso, no tiene nada que ver con Evaristo el Rey de la Baraja. Pero afortunadamente para mi renqueante salud mental, todavía hay situaciones que me quitan unos años de encima. He decidido volar. Me voy a El Madrigal. Pagaré 50 euros aunque sé que hace unas semanas a los aficionados del Levante les cobraron 25. Vaya por delante que con esto no trato de representar a nadie porque sé que con mis locuras no me represento ni a mi mismo, —prefiero simplemente mirarme en el espejo y ser feliz, y no pensar nunca en nadie más que en mi—. Lo tomo como un intento de desobediencia civil futbolera contra una decisión que no comparto pero que tengo que respetar porque me educaron así. Mañana pagaré 50 euros, celebraré cada gol de mi equipo y sufriré con las espero pocas ocasiones de gol del Villarreal. Después, mi iré a casa. Sé que solo es un partido de fútbol, pero chico, me gusta...
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