Me siento como aplatanado y apático desde que escribí que me bajaba del barco —y que se joda el mar— porque el entrenador se niega a amarrar un resultado y sigue buscando los partidos a tumba abierta sin tener en cuenta la delicada situación que vive el equipo. Estoy como raro, sin ganas, vacío… como si hubiera ´echado la pota´ para siempre. Y lo peor es que se me nota. Me lo pregunta gente por el Twitter y me lo dice gente a la cara. Y algo de razón deben tener porque vivo como sin vivir en mí. Es aquello de «me bajo del tren del sentimiento. O mejor dicho, me bajo del tren del sufrimiento, si gana el Valencia me alegraré como siempre, si pierde, a otra cosa, que aunque la vida está hecha de pedazos de tormenta, siempre habrá una canción esperándome en alguna esquina, un cuerpo de mujer o una copa de amor».
Sobre canciones
Y aunque aplatanado y sin vivir en mí, me gusta aprender de las canciones. Soy de los que piensa que las canciones son algo más que melodías que te atrapan. Para mí, una canción es, fundamentalmente, todo aquello que experimento cuando la escucho, la canción es ella y sobre todo es mi circunstancia. Por eso me gusta Marea y me gusta lo que escribe el Kutxi. Me pasó que seguramente de tanto ´Marear´ mi corazón se volvió de mimbre y ahora se dobla antes que partirse —¿veis cómo una canción es todo aquello que experimentas cada vez que la escuchas?—.
Los colores de tus ojos
Por eso, aunque alicaído y sin ganas, no creo en las pijerías moñas de los corazones partidos cantadas para vender, para engañar y para enamorar con mentiras. También podría cantarle a los colores de tus ojos y llevarte a un mundo extraño de ilusión, pero me conformo y no quiero comerte el coco, prefiero contarte lo que vivo porque busco comunicación. Hoy escribo a jirones pero pensando en el Cabrero porque callar es morir. Hoy me desangro en cada línea porque estoy hasta las narices de autoalimentar mi ilusión por obligación y porque prefiero ser ´el optimismo con patas´ pero con el corazón doblado, no partido. Hoy salto de nuevo con el corazón en la mano que es como mejor se salta porque no creo en las rendiciones. Porque no creo en la vida feliz y sencilla y porque sólo creo en los que comparten mis días. Hoy reflexiono sobre la condición de valencianista porque lo interpreto incomprendido.
Mi mecha, mi falla
Lo interpreto harto y sin referentes. Lo siento hastiado y hasta indefenso. Sin rumbo, a merced del rodillo madrileño, el valencianista es débil. Hoy se le acusa de mal de alturas y de darle la espalda a su equipo. Se le acusa de no apoyar incondicionalmente y de haber convertido el banquillo de Mestalla en la plaza más difícil para los entrenadores. Se le acusa sin saber. Se le acusa de pirómano e ignorante y se le acusa de poco paciente. Se le acusa sin saber y sin conocerlo porque jamás vi a un valencianista esconder su condición. El valencianista grita con orgullo de qué equipo es allá a donde va y te mira mal si eres de otro aunque el suyo roce el ridículo cada semana. El valencianista no se esconde. Para que lo entiendan de una vez todos aquellos que no entienden esa camiseta porque jamás sufrieron por ella: el valencianista es muy capaz de quemar la falla a la primera derrota en un amistoso de pretemporada, pero la falla la quema él, la falla no la quema nadie de fuera. Pobre de aquel que con otra camiseta, encienda la mecha... (No muere jamás tu rock and roll actitud)
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