Mi garganta se apagó para siempre aunque era muy pronto; en cuanto vi caer en el área alemana al enorme Carew. No volví a decir nada y eso que apenas llevábamos unos minutos de partido. Intenté hablar mil veces más pero nadie me escuchó, nadie podía escucharme porque mi pequeño caudal de voz terminó en 120 segundos. Luego hubo otro penalti, el que falló el Flaco ante el antipático Oliver Khan y ahí ya fue cuando callé para siempre. Nadie me podía oír porque nada quería decir. Es la única vez en mi vida que me he quedado bloqueado ante el teclado en este oficio de ´arrejuntar letras´. Cuando Khan detuvo el penalti a Pellegrino no supe qué decir y tampoco supe qué escribir. Eso sí, ese día, un futbolista alto y difícil de ver sobre el terreno de juego, pero efectivo e inteligente como pocos otros centrales ha tenido el Valencia, empezó a ganarse un pequeño trozo de corazón entre el valencianismo al más puro estilo de la leyenda del antihéroe. Ha pasado el tiempo y me sigue pareciendo injusto para cualquier futbolista fallar el penalti definitivo en una tanda de penaltis en una final de la Liga de Campeones, pero aunque es evidente que alguien lo tiene que tirar y por lo tanto, alguien lo tiene que fallar, si nos ponemos en plan moñas y la cogemos bien llorona, hasta podemos terminar diciendo que cuando uno sabe algunas cosas sobre Mauricio Pellegrino, todavía le parece más injusto que fuera precisamente él quien metiera la pata. Porque es de los pocos futbolistas que he conocido que al tiempo de estar en todo lo alto, siguen teniendo los pies en el suelo —y me resisto al placer a hacer comparaciones actuales y odiosas—, de los pocos que saluda sin más o te pregunta por la calle ´cómo te va´ cuando un día tropiezas con él. Es el único que cuando volvimos a tropezar pero esta vez cerca de las once de la noche y le dije que venía de trabajar, se sorprendió de las muchas horas que le puede echar un periodista deportivo al día; lo mismo lo imaginé, pero interpreté en su cara que se solidarizó con la persona a pesar de lo poco que le gusta mi profesión. Mientras otros llegaban al autobús de concentración montados en sus flamantes coches y firmando autógrafos sobre la marcha, el Flaco aparecía como siempre por la misma acera, andando campechano con su mochila a la espalda, saludaba como siempre y subía sonriendo al autobús. Pero había otro Flaco, el que se subía al autobús camino del estadio. Ese Flaco ni te veía, ni si quiera te miraba. Ese Flaco sólo miraba fijamente al frente, concentrado como imaginando ya el partido. Tienen razón los que le conocen, hay dos Flacos. Dime blandengue pero me gusta pensar que el destino no sólo es caprichoso, sino que tiene más mala leche que un toro de Miura en el Bernabéu, y que nos ha hecho pasar por tanto estos años, para que algún día —no ya en una final de Champions, pero sí en una pequeña alegría de esas con las que ahora nos conformamos los valencianistas—, el protagonista de la jugada más triste de la historia reciente del Valencia, se rehaga y firme las paces con la fortuna y nos empuje a una nueva etapa de prosperidad, que aunque más modesta, siempre podremos titular como ´Va a resultar que hay Dios...´. Demasiado bonito para ser verdad. O no.
twitter.com/Carlos_bosch