EL ANÁLISIS DE CÉSAR IZQUIERDO

Prandelli compite a partir del buen gusto

El técnico italiano es elegancia, compromiso, valores y coherencia

30.10.2016 | 18:08
Prandelli compite a partir del buen gusto

Cesare Prandelli (Orzinuovi, 19/08/1957) es elegancia, compromiso, valores y coherencia aplicadas al fútbol y también a la vida. Su última gran referencia futbolística fue la selección italiana que alcanzó con brillantez la final de la Eurocopa de 2012, en la que fue barrido por España (4-0). Más allá de la derrota, Prandelli puso la fuerza en el juego, en la acción y la creación. Fue una Italia de centrocampistas (Pirlo, por encima de todos, más Marchisio, Montolivo o De Rossi). En una nación acostumbrada a centrarse en los defensas, su propuesta resultó contracultural en muchos sentidos, por número de pases, porcentaje de posesión, eficacia en el pase y estilo, mucho más asociativo. A partir de ahí, su propuesta encaja con el Valencia de ahora, por plantilla, y será interesante ver cómo encaja sala de máquinas y atacantes. Todo eso sin olvidar el resultado, el equilibrio y la organización. Revolucionario en muchos sentidos, su buen gusto no es sinónimo de frenesí, al contrario, en muchos sentidos es un pensador práctico. No busca adornos innecesarios, no es un inventor, sí un educador. Debe rodar bien el fútbol español, que admira, pero no conoce desde dentro. Ese será su gran handicap.

Prandelli dejó la selección italiana después de fracasar en el Mundial de Brasil 2014, donde terminó desorientado y pleno de dudas. Dejó el cargo con toda honestidad tras encallar con un proyecto que perdió fuerza y ganó críticos con el tiempo y los resultados. Después tuvo una breve estación en el Galatasaray turco, donde tampoco cuajó. Arrancó en julio y dejó su cargo en noviembre. Desde entonces no ha entrenado, seguramente esperando una propuesta como está del Valencia CF. Es una oportunidad para reivindicarse en un contexto que encaja con sus ideales. La posesión insustancial no le interesa y pondrá el acento en la preparación física, seguro.



El técnico italiano no es un fundamentalista. Construye sus equipos de atrás hacia adelante, no va a pedirle a Aderllan o a Mangala que arriesguen con el balón jugado. A lo largo de su carrera ha sabido adaptarse en busca de rendimiento, siempre con un marcado tono ofensivo. 4-2-3-1, 4-3-3, 4-4-2, 4-5-1, 3-5-2... laterales largos o más contenidos, interiores en las bandas, extremos abiertos, con mediapunta, sin mediapunta, pero siempre con los centrocampistas al mando. Lo importante han sido los futbolistas, su sensibilidad y la idea, más allá del esquema. Así lo ha demostrado en Fiorentina, Parma o Hellas Verona. No ha ganado un título importante pero sí ha sido sinónimo de coherencia, estabilidad y objetivos cumplidos. También ha sufrido el fracaso y ha vivido destituciones. Cerca de los 60 años, no es un experimento. Centrocampista criado en el Cremonese, lanzado en el Atalanta y actor de reparto en la Juve de Trappatoni con Zoff, Scirea, Tardelli, Bettega, Boniek o Platini, lo ganó todo como juventino, antes de retirarse en el Atalanta. En Bergamo comenzó su carrera de entrenador, de éxito absoluto en categorías inferiores, en un club célebre por su fútbol base. Ahí explotó esa vocación latente de educador por encima de la del sargento de infantería.

Siempre habla maravillas de Cruyff, trata a Arrigo Sacchi como una referencia y a Pep Guardiola como el último gran revolucionario. En el apartado ofensivo no olvida a Zdenek Zeman y tampoco el modelo de liderazgo que José Mourinho ejerce en sus vestuarios. Charla de fútbol con naturalidad y sencillez, siempre plantea soluciones sencillas para problemas complejos, con esa sensibilidad por el balón como eje y el futbolista. En ese aspecto tiene una personalidad similar a la de Ernesto Valverde.


El juego está en el centro de todo y es lo que crea líderes; el funcionamiento colectivo es la base del éxito por encima del talento individual, que es la fuerza que alumbra primero a los equipos y no al revés. En esa línea y pese a haber quedado fuera de la rueda de grandes entrenadores italianos del momento, puede decirse que, tras Sacchi, fue el precursor de la línea que ahora defienden Marco Giampaolo, Eusebio Di Francesco, Maurizio Sarri, Vincenzo Montella o Roberto Donadoni. Nada que ver con Roberto Mancini, Mazzarri o Claudio Ranieri, el último entrenador italiano de éxito en el Valencia, cuyo estilo más arcaico, directo y contragolpeador nada tiene que ver.

Prandelli tiene fondo y forma. Célebre fue el código de conducta que impulsó en la selección italiana y que ya había implantado de manera no formal en sus equipos, donde intentó que no hubiera lugar para corruptos, violentos o no profesionales. Así, consiguió obtener (al menos durante un tiempo) la mejor versión de Balotelli, Cassano, Osvaldo, Adriano o Mutu. Comprometido con todo tipo de causas sociales (racismo, homofobia), renunció al banquillo de la Roma para cuidar a su mujer enferma.

Zemaniano, guardiolista, mourinhista, wengeriano... La filosofía de Sacchi está en la base de su discurso, pero su éxito en Valencia dependerá de su capacidad para adaptarse a LaLiga, obtener resultados y sacar lo mejor de cada futbolista. Tan obvio como difícil. Su hoja curricular no se discute, tampoco sus valores y su capacidad de dirección. Prandelli deberá enganchar rápido y tener las ideas claras.

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