Con el Valencia todo es posible. No hay término medio. El equipo de Unai no se anda con medias tintas, puede pasar de lo sublime a lo ridículo en breves intervalos. Esta facilidad de transformación contrasta con aquellas épocas en la que mostraba una eficacia devastadora en ambas áreas, mortal para sus rivales, a los que hacía perder la paciencia. Bonitos recuerdos. Ahora, por el contrario, se dedica a desquiciar a sus incondicionales. Pero el Valencia siempre vuelve, se trata de una constante que contribuye a despistar todavía más a propios y extraños, y casi siempre lo hace cuando menos se le espera, cuando parece que todo lo tiene en contra, su vocación por nadar contracorriente está más que asumida. Así que nadie descarte cualquier desenlace para el derbi de hoy, igual sale triunfante con una actuación pletórica, que se hunde en la miseria más absoluta.
Disco rayado
Por lo expuesto, el Valencia es capaz en estos tiempos de confundirse a sí mismo, y también por el escaso rigor demostrado a la hora de analizar las razones del desencanto que campa por Mestalla y alrededores, la mayoría de la voces que cuentan a la España futbolera lo que sucede en el día a día, han acuñado una teoría que sitúa al entrenador próximo al martirio, víctima de una supuesta ira popular de la afición, a la que sin el menor rubor tildan de insatisfecha y déspota. Todo por haber convertido cada partido en una especie de montaña rusa y por perder contra el colista en casa pese a jugar durante 70 minutos con un jugador más. Esta corriente de opinión casi unánime se apoya en leyendas urbanas y se sustenta sobre unas cuantas falacias. A ver si la legión de corresponsales que campa a orillas del Turia y nutre de información a sus jefes de Madrid, es capaz de iluminarles para que modifiquen el discurso y cambien el disco, porque éste se les ha rayado.
Los jugadores deciden
Asumida la innegable responsabilidad directa del entrenador en la elección de un sistema de juego que no ha dotado al VCF de la regularidad necesaria ni la fiabilidad deseable, hay que mirar también hacia el terreno de juego para exigir a los jugadores que sepan estar a la altura de las circunstancias y respondan como se merece la entidad. Los futbolistas suelen escurrir el bulto con una pasmosa habilidad, como si la cosa no fuera con ellos, porque se sienten seguros tras el escudo protector que representa el entrenador. Esa postura tan cómoda como egoísta no les exime de nada, ellos tienen la última palabra y cuando vienen mal dadas han de acreditar su carácter y los méritos contraídos para defender a un club de este nivel. Menos retórica y más acción.
Europa, aparcada
En buena lógica, el Valencia debería superar sin demasiadas dificultades esta ronda de la Euroliga para meterse en la que sería su octava semifinal europea. Por lo visto en Holanda, el voluntarioso AZ no pasa de ser un equipo con un excelente formato, pero a poco que se le apriete, acaba por sucumbir ante el bagaje competitivo superior de los valencianistas. La incógnita para la vuelta no radica sólo sobre lo que acontezca en el césped, sino también en la grada. Si Mestalla ofrece un aspecto digno, la clasificación estará al alcance de la mano. Al club le toca mover ficha. Hay mucho en juego. Hasta el ínclito Vicente Bau empieza a claudicar y entrega sus armas antes de cambiar de bando para incorporarse al de quienes siempre hemos considerado como se merece la Euroliga. Bienvenido, querido Tito, valoro en su justa medida tu gesto. Ya empiezas a valorar la enorme importancia que tiene disputar un título continental y el cosquilleo que supone el sueño de estar presente en la final de Bucarest.