La condescendencia con la rendición y el entreguismo que se cultiva en determinados ámbitos es el peor aliado para lo que hoy se ventila en el Bernabéu. Todos los cronistas de comilona que se disponen a radiografiar el Madrid-Valencia bajo ese prisma han puesto en un pedestal la pizarra de Emery en la victoria europea del VCF contra el AZ Alkmaar. Efectivamente, fue un partido excepcional contra un rival menor, como ya apuntó en tierras holandesas. La satisfacción por el paso a semifinales no debería desviarnos de la dura realidad. Hoy es otro cantar.
Los milagros ocurren
En domingo de resurrección cualquier cosa puede pasar. Y aunque el momento de forma del musculoso club de Chamartín no augura milagros, estos ocurren. Precisamente el fútbol es un universo de memoria frágil. Miren qué les digo. Pese a todo lo sufrido por la parroquia valencianista en las últimas semanas una victoria del VCF en la guarida de CR7 y compañía puede salvar una temporada. (Que también indultara al míster es harina de otro costal).
No se gana sin defensa
La fragilidad defensiva del VCF, ya un lugar común, hace difícil la gesta. En un futuro cualquier paleontólogo pasará a la posteridad por el hallazgo del ´Turiasaurus´ defensivo allí donde se encontraba el viejo Mestalla. Demostrará la existencia, en tiempos, de un futbolista que interpretaba bien el orden táctico ante la pérdida del balón, que presionaba o se replegaba con criterio según el sistema elegido. Que ejecutaba con rapidez la transición ataque-defensa y que organizaba las permutas en las marcas convenientemente cuando se defendían jugadas en progresión o a balón parado.
Lo de marcar primero
Ese cromañón se extinguió. La estadística asegura que si un equipo se adelanta en el marcador en la mayoría de ocasiones se llevará los tres puntos a casa al final de los noventa minutos. En el VCF no es así. Y Unai pretende morir como un Icaro cualquiera. ¿Llevará al equipo consigo?
El mérito de Emery
La responsabilidad de esa glaciación defensiva es el entrenador, aunque no es el responsable exclusivo. Unai tiene el reconocido mérito de pilotar el tránsito de aquel Valencia CF repleto de campeones del mundo a este equipo low cost. Realmente no se ha notado demasiado en cuanto al balance clasificatorio, y eso es de alabar. Pero por el camino la afición se ha dejado la ilusión y eso es un riesgo en este negocio. Mestalla es un horno en permanente combustión que devora, sobre todo, entrenadores. Eso, que jamás cambiará, lo ignora la meseta y sus quintacolumnistas.
La memoria
En los últimos tiempos se ha privado al valencianismo de un éxtasis episódico, una victoria épica, algo que contar y que recordar. El fútbol es en esencia, algo de consumo rápido pero posee ´flashes´ duraderos. Es un fenómeno irracional en el que los números garantizan que sea perdurable pero su sostenibilidad es imposible sin la orgía sensorial. Todos tenemos grabados en nuestra memoria esos partidos en los que se ha tuteado a la gesta. Eso reconcilia a la afición con la historia, diluye complejos y equilibra rivalidades atávicas. Así funciona esto. A base de éxitos fugaces, del abrazo con tu compañero de grada, del nudo en la garganta, de la lágrima fácil. Puede que se coma de la tercera plaza, pero se vive de esta panoplia de sentimientos y hoy, de nuevo, el Bernabéu ofrece una oportunidad.