Aburridme, pero ganad

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Tras el fiasco inglés ante la ahora bella Italia, escribía Martin Samuel —nadie lo hace tan bien como él— en el ´Daily Mail´ que Hodgson no tenía razones para el lamento: su equipo había jugado, al fin y al cabo, para acabar donde había terminado. En ningún caso, insistía, podía Inglaterra pretender estar entre las cuatro mejores selecciones del continente, así que los penaltis no fueron más que otra forma de caer. El azar, podríamos concluir haciendo general lo particular, nunca ha tenido un papel tan insignificante como en esta Eurocopa, en la que todos han acabado cosechando ni más ni menos que lo que merecían. Esta vez no ha habido sorpresas, ni revelaciones, ni atracos históricos —quitando, quizás, el del primer día con protagonista español que acabó resultando innecesario—, ni motivo alguno para la queja. Alguien podría decir que con lo previsible pierde el fútbol algo de su encanto. El resto podemos responder que bienvenida sea la justicia, aunque sea solo en este viejo y querido deporte.

El pistolero
Llevan ya tiempo los portugueses coqueteando con el éxito. Si no lo han obtenido ha sido, seguramente, porque siempre han andado cortos de algo. Cuando han tenido una gran defensa, les ha faltado portero. Peloteros los han ido sacando en abundancia, pero casi nunca han tenido a quién dar el balón para convertir el arte en gol. Ahora tienen a Ronaldo, del que algunos quieren hacer el nuevo Maradona, que en un día ya lejano fue capaz de convertir el plomo en oro. Mas Cristiano no es Diego Armando. De alquimista tiene poco o nada. Tiene mucho, sí, de pistolero. El gatillo más rápido al este de la línea Brest-Litovsk. Neutralizada su pistola, la fiera portuguesa ruge mucho pero muerde más bien poco. Y si algún equipo puede convertir un partido en un suplicio para el niño mimado del madridismo, ese equipo es el nuestro.
Ahora aburre
Está ahora de moda decir que España aburre. Y sí, a ratos no tiene al personal dando saltos de alegría. Pero no olvidemos que la primera víctima del tedio suele ser su rival. Llegados a este punto, además, lo que quieren Del Bosque, sus futbolistas, este cronista y el común de la feligresía hispana no es otra cosa que el triplete. Hace tiempo que casi todos hemos renunciado al espectáculo y desde luego nos damos por ampliamente satisfechos si esta noche nos dejamos de virtuosismos y le sacamos el billete de vuelta a los portugueses. Frente a otros inventos, pretéritos y contemporáneos, lo que no se le puede reprochar a nuestro seleccionador es que no tenga un plan. Pragmático y recio, como buen castellano, sabe que no pasará a la historia como el tipo que revolucionó el fútbol. Quiere, y no se lo podemos discutir, hacerlo como el primero que consigue el triplete. Cambiemos, pues, el chip y, como dijo aquel insigne hipócrita que fue Fernando VII cuando le obligaron a jurar la constitución que ahora celebra su bicentenario, «marchemos francamente, y yo el primero, por la senda que nos lleve a la Eurocopa».

Nadie es mejor
No parece, además, que nadie pueda mirarnos por encima del hombro en cuanto al espectáculo ofrecido en los últimos quince días en Polonia y Ucrania. Portugal y Alemania trituraron a sus rivales en cuartos, pero checos y griegos eran convidados de piedra en una ronda que solo alcanzaron por el capricho de un sorteo que los encuadró en el grupo más flojo del campeonato. Que Alemania no ha cumplido sus expectativas y no tiene a sus incondicionales satisfechos —a veces nos creemos que los únicos que ejercemos la autocrítica somos nosotros— lo demuestra que su seleccionador se cargó de un plumazo a su trío de ataque en el último partido. Portugal solo ha enfrentado a un equipo con cara y ojos, precisamente Alemania, y, aunque no fue inferior, tampoco propició una cascada de fuegos artificiales en su país. Ni siquiera Italia tiene mayor mérito que haber salido de su insufrible catenaccio? salvo en su primer partido, en el que no vimos sino más de lo de siempre habida cuenta el pánico que la Roja genera entre sus iguales.

Alternativas
Menos lobos, pues, amigo Ronaldo y caterva de admiradores con el corazón dividido. España no ha encandilado, pero nadie lo ha hecho mejor, y tiene aquello de lo que carecen los demás: alternativas. Sea manoseando la pelota hasta que se cansen los de Bento, o poniéndola en pies de Pedro y Torres para que devuelvan a Coentrao a su condición natural, seguimos siendo mejores. Aburridme, pues, pero ganad. Eso del triplete suena a música celestial.

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