15/05/2017

Hijos de la anarquía

18.05.2017 | 12:03
Hijos de la anarquía

El fichaje de Marcelino es más que el fichaje de un entrenador. Es el fichaje de una filosofía, de una forma de entender el fútbol. Y, sobre todo, de un concepto de disciplina. La carestía de disciplina trae la anarquía. Y este equipo ha sido, hasta hace cuatro días, un ejemplo de desorden y desconcierto. Los aficionados estamos siempre muy afectados por las noticias de los jugadores cuando se salen de madre en noches intempestivas, o cuando llegan tarde a entrenar, o cuando se desprende de sus andares una actitud de pasotismo inaceptable. Pero la disciplina tiene también un componente táctico, de posición en el césped, y está directamente relacionada con el número de ocasiones que se le generan al equipo. Y este año al Valencia se le genera susto con media jugada bien trenzada. Temblamos más que un flan chino.

Adormecidos

Es cierto que el sábado no nos jugábamos nada contra el Espanyol, a la hora de la siesta, ni ellos se jugaban nada contra nosotros. Y en esa pachanga ganamos por la mínima. Pero es curioso cómo se puede generar sensación de tedio y aburrimiento a la vez que estás viendo que te están creando ocasiones en contra, y no se te sube la sangre a la cabeza ni los arrestos al cuello. Es esa sensación de adormecimiento de la pasión lo que hace que la afición no tenga el más mínimo interés. A un equipo como el Valencia, el Espanyol debería hacerle por partido media jugada de peligro, pero lo cierto es que estuvimos sacando cubos, en diversos tramos del partido. Siete paradas de Jaume son muchas paradas.

Cambios

Al final ganamos por efectividad en portería, y por un señor golazo de Gayà, un ejemplo de virtuosismo con los pies. Parece fácil, pero no lo es. También constatamos que quizá Medrán y Parejo juntos son un poco más de lo mismo: técnica y clase, pero falta mordiente. El que está a un nivel muy alto es Mangala, al que no podremos retener salvo sorpresa. Y observamos la recuperación de Rodrigo y su instauración en la alineación titular. Nunca he sido un gran fan, pero tiene el favor de la grada. Siempre dije que el día que juegue pegado a la banda sin el estrés de tener que ser el definidor nato del equipo, ganaríamos un excelente extremo. En cualquier caso, no sirve de mucho todo esto, porque tengo la sensación —y la esperanza—de que este Valencia no se parecerá en nada al de la temporada que viene.

Penitencia

Al final, yo tenía la esperanza, el secreto objetivo de acabar en el puesto décimo de la tabla. Desde hace meses, esa era mi apuesta con algunos compañeros de grada. Al final, ni eso. No pasa nada, no nos iba la vida en ello, sólo unas cañas que teníamos pendientes. Pero resulta desesperanzador no conseguir ni los objetivos de goma. Albelda lo definía como la "penitencia" de acabar la Liga. Que acabe ya, por favor. Tengo saturación de fútbol, por falta de emoción. Normalmente, voy de menos a más. Hasta Navidad me la refanfinfla todo, y a partir de febrero empiezo a ponerme las pilas, hasta llegar a estas alturas de la temporada, cuando estoy comiéndome la corteza del queso, desesperado por la emoción. Este año, el queso se me ha podrido.

Mimbres

Ahora se avecina trabajo de oficinas. Es la hora de Mateu Alemany. Toda la ilusión de una afición anestesiada depende de que, desde hoy mismo y hasta el comienzo de la próxima temporada, los hombres de corbata se pongan las pilas y empiecen a llevar a cabo un trabajo de recuperación de las esperanzas perdidas. Y ello engloba más que cosas como la continuidad de Munir, o que venga un lateral danés llamado Ankersen. Lo que queremos es que, en comunión con el nuevo entrenador, sean capaces de convencer a una serie de jugadores de renombre y con poderío para venir a aportar su granito de arena, en conjunción con una plantilla con muchas posibilidades de tener mimbres canteranos con denominación de origen Valencia.

Shakespeare

La temporada la cerraremos contra el Villarreal, en casa, el domingo por la tarde. Tampoco tendrá mucha trascendencia el resltado final sobre la decisión veraniega, el ser o no ser de Shakespeare, aplicado al valencianista medio: "¿Pase o no pase?" (Entiéndase por pase, el abono. Los de toda la vida lo llamamos ´pase´.) "¿Sigo con esto o ya ha pasado un ciclo en mi vida?". Yo soy de los incondicionales. Me lo saco cada año desde hace casi treinta, sin fallar. Es un rito y un gasto doloroso, pero innegociable. Claro que también era coleccionista acérrimo de Spiderman desde la infancia, hasta que decidieron resucitar a Norman Osborn. Eso fue la gota que colmó el vaso. Eso no era el Spiderman que conocía, era ya otra cosa desde hacía tiempo. Y ahí dije: "Hasta aquí". Y no volví. Así que muchos vamos a seguir con lupa, más que nunca, las noticias veraniegas. No está el horno para bollos.

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