Unai Emery tiene nueve meses por delante para ganarse la renovación. La pretemporada no ha ido mal (excepto el Carranza), aunque llega la hora de elegir y por lo tanto de saber llevar al grupo. Vaya por delante que el Valencia tiene buen plantel. Desde luego tiene mucha mejor pinta que el del pasado curso. Del vestuario se ha limpiado mucha mala hierva y se ha resembrado de semillas con futuro y ganas de florecer. Aún queda alguna que otra flor que está a punto de marchitarse, pero ya se encargará Emery de ser buen jardinero.
Lo que tampoco deja lugar a la duda es que para estar a la altura de Atlético de Madrid, Villarreal, Sevilla y la mosca cojenera de turno (el tiempo dirá si alguno de estos clubes puede estar también a la del Barcelona y Real Madrid), Emery necesita tener enfuchados a todos sus futbolistas, o al menos a casi todos (está claro que la cabra tira para el monte y siempre habrá quien no asumen la suplencia). No obstante, y aunque jamás me cansaré de repetir la definición mítica de Kily González («somos una especie egoísta por naturaleza»), Emery tiene que ser siempre justo con sus decisiones. Y si lo hace como debe, el gallinero no se le excitará más de lo normal o no por su culpa.
Pero hasta la fecha, curiosamente, uno de los que que más excitado ha empezado el curso es el propio técnico. Sea porque sabe lo mucho que se juega, sea porque ve como se han reforzado el resto de rivales o sea porque ve vietnamitas por todos los rincones de Paterna como Stallone. Sea por lo que fuere, Emery tiene que calmarse. Entre otras cosas, porque tiene hoy en día lo más preciado que puede tener un entrenador: el respaldo del que manda, lo cual hablando del actual Valencia tiene más que nunca nombre y apellido: Manuel Llorente. Y si no que se lo pregunten a Angulo.