Estábamos en SUPER dándole vueltas a lo de Abel y Valverde —tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando—, cuando un tipo llamado Naumov (a quien tendría el gusto de conocer gente como mi compañero César Izquierdo) nos invitó a meternos en un partido que dábamos por ganado antes de jugarlo. Por semejante mazazo, lo del Barcelona pasó a mejor vida. Amén. Y es que el fútbol es presente, futuro y lo pasado, pasado está, por muy buen sabor de boca que dejara lo del sábado.
El Valencia empató y van demasiadas veces ya en Mestalla. Con este resultado, los de Emery se complican de manera innecesaria, absurda e injustificable la clasificación en la Euroliga. Ahora el Valencia se la tiene que jugar en una segunda vuelta en la que tendrá dos partidos a domicilio y sólo uno en casa. Y no es la Euroliga moco de Pato, porque en términos económicos, estamos hablando de un torneo prioritario. Sólo hay que echar un vistazo a las cuentas que presentará el Consejo en la próxima Junta de Acciones para darse cuenta de que los mandamases dan por hecho llegar muy, muy lejos... tanto como para ingresar unos 6 ´kilos´ (y aquí no los regalan como en la Champions).
Por ello no es de extrañar el toque de Manuel Llorente a la conclusión del partido. El presidente dijo en caliente que no esperaba siete cambios, en un discurso que recordó al de hace unas semanas, cuando tras empatar ante el Sporting, Llorente sentenció: «Nos ha faltado ambición». Eso es presión y lo demás tonterías.
Por lo visto anoche, no pongo en duda que se vaciaran los que jugaron. Sí que faltó inteligencia. Tampoco me sorprendió que Emery hiciera siete cambios, aunque entiendo y comparto el transfondo del toque de Llorente. Y lo hago porque no me gusta un Valencia que se viene arriba ante un grande y que no sabe ser grande ante un pequeño.