La cara de Manuel Llorente a la salida del estadio del Slavia de Praga era un poema. El presidente no podía ocultar lo que sentía por la pifia europea. En dos minutos de zozobra, el Valencia se había complicado como no estaba previsto su clasificación en la Euroliga. Llorente no podía más que darle vueltas a la sandez cometida por el equipo, dado que amén del barapalo deportivo que conllevaría no pasar de ronda, otro más doloroso supondría también para la maltrecha economía del club.
La competición europea es la única que da diviendos y tal como está el patio no está el Valencia como para ir regalando dinero, que es lo que ha hecho el equipo de Emery ante el Slavia de Praga, en concreto 120.000 euros que son los que ha dejado de ingresar el Valencia por empatar dos partidos ante unos checos que todavía ni se lo creen, un dinero que hubiera venido y muy bien para pagar, entre otras muchas cosas, las nónimas de esos sin rostro que curran en el club, porque en el Valencia, aunque no se lo crean, mil euristas haberlos haylos.
Más había otra cosa que también inquietaba al presidente y al resto de capos del club que viajaban camino del aeropuerto cabizbajos en el autobús de la prensa (sirva como ejemplo de recorte en los gastos) y era el mazazo inesperado que suponía el punto ruín para la autoestima colectiva. Ni aquellos encargados de recordar las canalladas cometidas por el árbitro noruego lograban levantar la moral de la tropa. Dos minutos mezquinos fueron suficientes para volver a sentir los miedos y temores que parecían haber pasado a mejor vida merced a los últimos cuatro partidos de Liga.
Llegados a la terminal, Emery mantenía el rostro serio y pensativo con el que había comparecido minutos antes en sala de prensa, un semblante que le acompañó hasta pasadas las dos de la madrugada, cuando esperaba las malestas en Manises mientras le daba las últimas vueltas al partido en compañía de su ayudante Víctor Basadre.
Lo cierto es que Emery y el resto de su cuerpo técnico ni tan siquiera tenían para ellos mismos respuestas fáciles de lo acontecido en el estadio Eden. Posiblemente, todas sus decisiones habían sido las correctas, cuanto menos en el momento de tomarlas. Desde la alineación en la que habían apostado por hacer rotaciones en su justa medida hasta las sustituciones hechas pensando en el Zaragoza. Pero el equipo, de repente, en dos minutos, perdió los papeles y ese desorden colectivo provocado por un contratiempo —como fuera el primer gol del Slavia de Praga— evocaba a ese sinfín de desajustes que martirizaban al equipo hace apenas mes y medio, a ese Valencia irregular que puso contra las cuerdas la credibilidad del técnico de Hondarribia. Y en ese rememorar tiempos tan recientemente vividos, el que peor parado sale es como siempre Emery.
El técnico pegó un frenazo en seco en su andar por ese largo camino que tiene para ganarse la continuidad en el banquillo de Mestalla. En las últimas semanas, por tesón, trabajo y también por disfrazarse de sabio sabiendo rectificar, Emery se había ganado cuanto menos no estar descartado para seguir en el club (algo que no es poco). Es más, el técnico de Hondarriba se había colocado, mejor dicho, los últimos resultados ligueros le han colocado y bien en la parrilla (algo que ya es mucho). Pero lo dicho, la pifia de Praga es un contratiempo en su particular caminar, lo cual evidencia que su crédito está ligado más incluso de lo habitual a los resultados, aunque también a las sensaciones que transmita el equipo de un Valencia agobiado por la crisis.
Moraleja. De la renovación de Emery se puede hablar, filosofar e incluso evangelizar, pero hasta mayo... no hay nada que rascar.