Zigic es un tipo apacible, entrañable. Un ser especial. De no ser futbolista bien sería ese panadero, frutero, carnicero que conoce a todos los del barrio y al que no se le recuerda ni una mala palabra y sí mil gestos buenos. Es una persona que desde la cuna se ha sentido diferente al resto. Por una cuestión de altura, nunca ha pasado desapercibido, ni lo hizo en el colegio ni en su profesión. En realidad, Zigic es un rebelde, porque si se hubiera dedicado al baloncesto, todos tan contentos y a tomar por saco el juego de las diferencias. ¡Pero ni tan siquiera se conformó con ser central! Quiso ser delantero y, para más inri, lo es en el equipo de los bajitos, manda lo de Trillo. Por su rebeldía asume el cartel de goleador atípico, encasillado por unas virtudes y defenestrado para hacer otras labores. Es un jugador que por su sola apariencia genera debate, que aunque tiene defensores más son los detractores y todos (Soler, Ruiz, Quique...) se escaquean cuando se les atribuye su fichaje por el Valencia.
Pero Zigic, además de gol —y ahí están sus registros por si alguien lo duda—, tiene un don: la oportunidad. De repente, cuando más está en el olvido, sale y genera fe. Cuando nadie da un euro por él, demuestra que tiene algo que le hace ser válido. Cuando más le dan puerta, más invita a reflexionar que tiene sitio. A Llorente se lo ganó con dos goles en pretemporada y la frase que dijimos al de nuestro lado tras el gol al Espanyol (como cuando marcó en Santander) fue: «Yo a este tío me lo quedaba». ¿Y saben por qué lo haría yo? Porque vale, porque asume su rol y porque hace vestuario.