Unai Emery llegó a Valencia hace dos años con demasiados prejuicios y algún que otro miedo. Entre los temores que tenía y que le quitaban el sueño durante su primera pretemporada en Ermelo, cómo hacer calar su discurso y maneras en un vestuario de elite como el del Valencia. Emery llegaba tras dos experiencias en las que la relación con sus jugadores había sido de coser y cantar. Una en el Lorca, donde sus pupilos eran los propios compañeros que le habían aupado al banquillo tras un golpe de estado; otra en el Almería, donde un grupo de recién ascendidos se dejaban los cuernos en cada partido simplemente porque uno en Primera suele ganar más dinero que jugando en Segunda. Pero Emery llegaba a un vestuario, el del Valencia, en el que los jugadores no tenían —ni tienen— precisamente problemas económicos para llegar a fin de mes.
Tras dos años transcurridos, Emery no ha conseguido que el vestuario comulgue a fe ciega con sus ideas, como se vio en Mallorca, no tanto por las niñerías allí acontecidas sino por la desgana futbolística y competitiva del equipo. Emery le dio una importancia al partido y sus jugadores, otra. Algo falló entre el emisor y el receptor del mensaje. Digamos que los jugadores no van a muerte contra Emery pero tampoco lo están con él. Carece de ese don que algunos tienen para manejar a su antojo a sus futbolistas, habiéndose amoldado en exceso a sus manías. Además, en varias ocasiones se ha equivocado en sus maneras: como cuando ´apartó´ a Alexis o a Dealbert; o cuando se olvidó de Baraja o Jordi Alba; o cuando en Lille marcó la raya entre titulares y suplentes. Tampoco a Emery le está ayudando mucho ese nuevo modelo de entender una renovación que potencia Llorente —hasta que no cumpla el objetivo, ni agua— ni el entorno de aquí es el de Lorca o Almería. ´This is Valencia´.