Ni a Villa ni a Silva. En Ptuj no se les echa de menos. De verdad. Que son dos grandes jugadores nadie lo duda, que su etapa en el Valencia había caducado mucho antes de su salida, tampoco. Y no sólo por los problemas económicos del club, también porque el vestuario lo necesita y ellos, también. Miren, les voy a contar con brevedad lo que venían a ser las dos últimas pretemporadas del Valencia, es decir, las dos temporadas posteriores a la Eurocopa y a la Copa Confederaciones. Los no internacionales llegaban con ilusiones renovadas y ganas de trabajar. Se pegaban la paliza padre con el Masach del momento —Vilagrasa y Ayestarán— y juraban y perjuraban en la prensa que este iba a ser su año, que si esto que si aquello. Por supuesto también se les preguntaba por el futuro de Villa y Silva, porque no había verano que no fueran portada en Madrid o Barcelona. Emery aprovechaba los amistosos para dar bolita a todos y quien más por quien menos opositaba para que el míster le tuviera en sus pensamientos a la hora de la verdad. Pero diez o quince días después de comenzar el equipo la temporada aterrizaban el asturiano y el canario con bronceado de playa y todo daba un giro radical.
El aumento del nivel técnico y mediático del equipo era inversamente proporcional al descenso de competitividad en el grupo. Para qué dejarse los cuernos el Zigic de turno si al final de la corrida el Guaje tenía que jugar por lo civil o lo criminal, totalmente lógico, por otra parte. El Valencia tenía dos jugadores de matrícula que en lugar de subir la media del grupo lo que hacían era bajarla. Porque aquel que motivado podía ser de notable, a la sombra de los astros sacaba el curso con un aprobado raspón. Puede que ahora no haya ningún alumno aventajado ni superdotado, aunque la media de la clase de Emery apunta a notable.