
En 2004, un joven Cristiano Ronaldo, de 19 años, presenció como finalista con Portugal otra de las grandes sorpresas de la historia de la competición: la victoria de Grecia.
La selección helena, a las órdenes del alemán Otto Rehhagel, no desplegó durante el torneo un fútbol que haya pasado a la historia por su plasticidad, pero sí alcanzó una eficacia máxima, dejando fuera en cuartos a Francia y en semifinales a la República Checa.
España cayó en la primera ronda, al quedar tercera de grupo, casualmente por detrás de las dos selecciones que se disputaron la final, que decidió un solitario gol de Charisteas (0-1) en Lisboa.