LEVANTE UD

Los orígenes proscritos

El funfador y primer presidente, José Ballester, se exilió en París tras la guerra por su condición de republicano

09.09.2009 | 12:18

Sus descendientes siguen yendo al campo casi todos los domingos y lo recuerdan como el ´tío Pepe´, pero pocos saben que José Ballester Gozalvo fue el fundador y primer presidente oficial del Levante. Durante muchos años, debido a su condición de exiliado republicano en París y hostigador del franquismo, él y en general su linaje, impulsor clave del club, quedó prácticamente proscrito de la historia.
Para sus biógrafos, Ballester Gozalvo es una de las personalidades valencianas más importantes del siglo XX. Vivió la mitad de su vida en el exilio tras haber sido, entre otras cosas, ministro de enseñanza de la II República. Enterrado en 1970 en un pequeño cementerio galo, sus restos están cubiertos por la bandera republicana y la de Valencia. Reposan, además, junto a un puñado de arena de la playa de El Cabanyal. Jamás volvió a España y dejó escrita su voluntad de descansar en su pueblo natal cuando el país «recobrara la libertad».
Nacido en El Cabanyal el 1 de marzo de 1893, Ballester estudió en la escuela que dirigía su padre, el pedagogo Vicente Ballester Fandos, que desde su escuela impulsó el fútbol en la ciudad. Tenía 14 años cuando en 1907 redactó los estatutos del FC Cabañal. Jugador del Levante y árbitro al mismo tiempo, participó junto a sus hermanos en la redacción de los estatutos de la federación valenciana de fútbol. Precisamente en las primeras juntas más de la mitad de los miembros estaban vinculados al Levante y al Cabañal, donde estuvo la primera sede. Desde allí se creó un primitivo colegio de árbitros. Rafael Peset, vicepresidente levantinista, fue el primer colegiado y José y su hermano Víctor estuvieron en la promoción pionera.
Reputado pedagogo y abogado, José Ballester estudió Magisterio —hoy en día el instituto del barrio de Orriols lleva su nombre— y fue el primer alcalde republicano de Toledo, donde era uno de los pocos defensores de los desfavorecidos, además de un diputado en las constituyentes en las filas del Partido Radical Socialista.
Durante la guerra civil ocupó el cargo de auditor general de la Guerra para la comandancia militar de Cataluña, pero tras el final de la contienda, condenado por el franquismo (en 1942) a 30 años de cárcel por su pertenencia a la masonería, se exilió en París, donde trabajó como editor de libros en castellano y en la sección española de la biblioteca del parlamento nacional. Desde su dramático exilio fue un personaje clave de la República que nunca logró superar la añoranza de Valencia y su familia.

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