RAFA MARÍN
La frase no ocupó titulares, pero tras el empate contra el Recre Luis vino a decir que si el equipo no respondía en Albacete la cosa ya sí que empezaba a ponerse fea. Tras cuatro jornadas sin ganar, dos puntos de 12, y las sensaciones por debajo de cero, sobre todo en los dos últimos partidos, es evidente que algo pasa en un Levante que maravillaba hasta hace nada y que de golpe y porrazo se ha afeado demasiado.
Y eso que ayer empezó relativamente bien con una primera parte aceptable. Pese a que la posesión fue prácticamente idéntica, el Levante fue más vertical. Sin que el juego pasara por la medular, eso sí, donde Iborra era un secundario, Rubén tiró del carro. De sus botas nacieron las mejores oportunidades, ya fuera desde lejos del área o ideando cómo romper la telaraña local. Un punto por debajo, el Albacete sólo se estiró a última hora en un par de arreones de Salva, que atropelló a Manu, y dos jugadas a balón parado que crearon el desasosiego en una zaga que huérfana de Sergio Ballesteros se las prometía tiesas, aunque a la hora de la verdad supo meterse en faena para cortar el juego directo a las dos referencias ofensivas, inquietantes.
Precisamente haciendo de Ballesteros, Héctor Rodas le salvó una vida al Levante al cruzarse en el camino de Salva cuando tras un desajuste entre Serra y Dani Carril se abrió un túnel en la defensa. El veterano artillero le buscó la cintura, pero Rodas mantuvo el tipo. Sin embargo, el primer desajuste serio fue el preludio del segundo, una fuga imposible de taponar tan sólo tres minutos después. En un renuncio el Albacete sacó rápido una falta que agarró a contrapie a los granotas y tras la que el cazagoles Stuani sólo tuvo que rematar fácil a puerta vacía el pase de la muerte.
Por segunda jornada consecutiva Luis García miró al banquillo y visualizo en él a Igor como la posible solución y tal vez la única junto a Xisco Nadal. Otra vez apostaba por el juego directo para salvar al Levante del atolladero en el que se había metido. Sin embargo, ni por esas fue capaz el equipo de generar peligro. Con Rubén venido a menos, la medular la trataba de conducir Gorka, que había entrado tras el descanso en sustitución de un Pallardó que desde la media hora cargaba a sus espaldas con una rigurosa tarjeta que se perfilaba envenenada. De sus botas nació un servicio de falta que en la cabeza de Cendrós se convirtió en la mejor ocasión del partido. El remate no cogió portería por los pelos, pero ahí empezó y terminó el argumento ofensivo para empatar.
Sin el nervio que necesitaba en el campo, jugando a nada, y sin que Igor ofreciese tampoco más alternativas que la de esperar que el balón le fuera a él, el Levante se despidió de un partido que confirma la necesidad de un lavado interno para volver a tener una cara mejor.