Faltan casi dos horas para que empiece el partido y el autobús está a punto de llegar al estadio. Son ya muchos los aficionados que se reunen alrededor de la puerta de Mestalla. Aparece el vehículo, avanza despacio, se detiene y los jugadores bajan uno a uno encorajinados por el griterío ensordecedor de la gente. Dos pisos más arriba, en una de las grandes balconadas que dan a la avenida de Suecia, alguien sigue con interés la escena, la analiza, aparentemente sin ninguna pasión. Es Llorente.
Transcurren los minutos y la tensión propia del partido que va a comenzar se masca en el ambiente, pero de manera incomparable en el túnel de vestuarios. Los futbolistas, como toros de lidia, esperan con excitación el momento sublime de saltar al terreno de juego, se animan unos a otros, se empujan, se gritan... Ahí es donde se cuece el más alto porcentaje del triunfo o la derrota. Al fondo, en el lugar más oscuro, se podía distinguir siempre la silueta de Manuel Llorente. Traje también oscuro, dos dedos a la altura de la barbilla, mirada ausente y los pensamientos vaya usted a saber por dónde.
Puede que ahora los compromisos de presidente se lo impidan, pero este es el ritual que el entonces consejero delegado omnipresente repetía un partido tras otro. Recorriendo los pasillos y escaleras de Mestalla, como una esponja entre aficionados y futbolistas, tratando de entender y algún día poder dominar los secretos del fútbol. Aquel Valencia CF llegó a ser el equipo más temido del mundo. Si hoy ha dicho Llorente que este Valencia también le transmite sentimiento cada partido, podemos estar seguros de que lo que en realidad está diciendo es que las cosas empiezan a funcionar como a él le gusta que funcionen. No es garantía de éxito, la magia es cosa de los brujos, pero sí lo más parecido que hoy en día existe.