El fútbol no sería fútbol sin sus incongruencias y misterios indescifrables. Hace unos días la UEFA multó al Valencia CF con 3.500 euros por permitir que un aficionado introdujera en el estadio una lata de cerveza. Grave tiene que ser eso de que la seguridad no detecte la dichosa lata, aunque nunca llegó a ser lanzada al terreno de juego ni llegó a impactar en la cabeza de ninguno de los numerosos árbitros del partido. Ni siquiera de un jugador o entrenador, que por lo visto son de categoría inferior.
Ayer, el Comité de Competición de la Federación Española decidió calificar de «carácter leve» los hechos ocurridos en el último derbi madrileño y multar con 150 euros el lanzamiento de objetos desde la grada, uno de los cuales «presuntamente» fue a impactar en la cara de Manuel Pellegrini, como quedó reflejado en el acta del partido. Vamos, que un poco más y acusan a Pellegrini de fingir la agresión con el ´presunto´ objeto. Llama la atención, por no decir que es un disparate, la disparidad de criterios entre las dos administraciones, la española y la ´comunitaria´. 3.500 euros por una lata y 150 por una ´supuesta´ piedra. Deben de pertenecer a partidos distintos.
6.000 si es moneda y alcanza al asistente
Ahora que eso no es nada si comparamos la agresión a Manuel Pellegrini con lo ocurrido el día en que un cafre lanzó en Mestalla una moneda de cinco céntimos al viento y, lástima, fue a impactar en la cara del juez asistente de Carlos Megía Dávila. El árbitro madrileño —entonces ya madridista según hemos sabido después y ahora empleado asalariado en el Real Madrid de Florentino— suspendió el partido de Copa entre el Valencia y el Deportivo de La Coruña por falta de seguridad. Después el Comité de Competición —el mismo que ahora escurre el bulto con el bochorno de los 150 euros— quiso cerrar el estadio, cosa que no hizo por pura vergüenza después de haber condonado la RFEF una sanción que pesaba sobre el Camp Nou, pero multó al Valencia con 6.000 euros y castigó al Valencia obligando a reanudar el partido a puerta cerrada.
Lanzar un objeto y acertar en la cara del entrenador visitante son 150 euros de multa para el club, hacerlo en la de un juez de banda son 6.000. Y no será porque en el Calderón no son reincidentes, ahí está la imagen de Andrés Palop con una botella de Ballantines en la mano que no le impactó de milagro. Hubo además otra sanción intangible, porque ya se encargó Megía como represalia de que el Valencia no ganara ese partido y fuera el Deportivo el que estuviera en semifinales de la Copa, pero esa es otra historia.
Llámalo corrupción
Todos estos hechos tan lamentables forman parte del día a día de nuestro fútbol, habrá opiniones en contra o a favor y muchas maneras de interpretarlos. Pero la mejor manera de definir el estado de las cosas es bien sencilla y además está muy de moda. Llamémoslo corrupción.