El Valencia parecía tener la situación bajo control y le sobraba casi de todo para ganar el partido. Sólo le faltaba encontrar a Villa para dejar en sus botas la suerte sublime del gol, algo bastante lógico cuando no está Silva en el campo y tampoco Banega. No todos los días le van a salir a Albelda y a Marchena goles y asistencias como los de Pamplona, eso es mucho pedir. Ni todos los días, para darle aún más emoción a la cosa, el Guaje falla la primera ocasión en un mano a mano con el portero. La primera, pero no la segunda. Lástima que momentos antes de que Villa enviara ese remate espectacular a la red la defensa se había dejado sorprender por el más imberbe de todos los leones y, contra toda lógica, ya iba perdiendo por un gol a cero. A partir de ese momento el partido había entrado en una de esas fases de locura colectiva que tan mal le han ido otras veces al Valencia. Faltas, goles, tarjetas, penaltis, expulsiones...
Todos los ingredientes del fútbol metidos en una coctelera sacudidos en pleno terremoto en San Mamés dieron como resultado una victoria no por merecida y trabajada exenta de fortuna. La misma que dio la espalda hace un año en este mismo escenario, donde el eqipo de Emery perdía por un penalti en los minutos añadidos. Anoche el balón se fue al palo y el Valencia a la tercera plaza, muy cerquita del galáctico Madrid que dentro de seis días visita Mestalla sin uno de sus iconos religiosos —Cristiano— y con el otro —Kaka— renqueante. Pero eso será a partir de mañana, hoy, sigamos disfrutando con el partidazo de Bilbao y con el tercer puesto recién estrenado. Que siga la suerte.