Al Valencia le sobraron casi todos sus delanteros para hacerle tres goles al Lille, hasta anoche líder del grupo, y despejar un poco el enredo de esta Euroliga. Cuando no está Villa está Silva. Si no están los dos aparecen Mata y el Joaquín de las buenas tardes en la Maestranza. Pablo es más oscuro pero siempre está. Además, en el momento perfecto aparece en la mediapunta la figura imponente de Banega para hacer olvidar hasta las mejores diabluras del canario. Así es, por qué no decirlo, el equipo que tiene entre manos Unai Emery. Fichado en el verano de 2008 para dirigir el Valencia de las vacas flacas, un club con todas sus figuras en venta, sin un euro para refuerzos y con el líquido justo para pagar dos o tres nóminas, año y medio después se encuentra con un equipo que para sí quisieran muchos de los grandes de Europa. Tiene, paradójicamente, mucho y bueno de lo más caro que existe en el fútbol, un potencial ofensivo imponente que le permite resolver en cualquier momento todo tipo de situaciones y partidos.
A partir de ahí, muchas piezas perfectamente válidas para construir una estructura sólida, un trabajo de arquitectura que ha costado ensamblar y para el que el entrenador ha necesitado ayuda, pero que empieza a dar muestras de resistencia. Al final lo que vale es que el equipo funcione, que gane y cree expectativas, que vuelva a llamar la atención del aficionado, que ilusione y divierta, las medallas siempre terminan olvidadas por los cajones. Y a este Valencia al menos en el campo le empiezan a cuadrar los números, sea de quien sea la medalla.