Era un partido engañoso y el resultado final nos deja tan fríos como el tiempo. Perder era dejar correr una buena oportunidad para mantenerse codo a codo con el Sevilla por la tercera plaza. El empate podía parecer un buen resultado, aunque no permite seguir de cerca los movimientos de los dos primeros. Ganar, claro está, era lo máximo. Visto el partido y escuchada la voz de los protagonistas, queda claro que el miedo a perder fue la nota que iba a marcar el choque, de ahí que el empate a cero fuera el resultado más probable. No nos tiene acostumbrados el Valencia a empatar, al menos lejos de Mestalla, por eso el partido de Riazor deja cierto sabor extraño que no se sabe muy bien como paladear. Da la impresión también de que el equipo quiso, pero le faltó algo más para terminar sus acciones de ataque con éxito. La sombra de Silva no siempre es tan alargada como ayer en Coruña, pero siempre está. Este punto ante el Deportivo no es malo, pero quizá lo hacen peor todos esos partidos que el Valencia no supo ganar en casa y que le hubieran convertido hoy en un serio aspirante al título. No es que ya no lo sea, lo que ocurre es que lo conseguido hasta esta pausa navideña invita más a pensar en un Valencia asentado entre los cuatro primeros que en un equipo capaz de asaltar a los dos más poderosos. Si hay para algo más, todavía habrá que demostrarlo. Hay tiempo.