Siempre podrá decir que nadie en el Valencia le había exigido ganar la Copa del Rey y que, por tanto, no estaba entre los objetivos. Como la Liga de Campeones el año pasado. No sería serio, pero quizá hasta sea verdad y no se lo tengan en cuenta a la hora de renovar si al final mete al equipo entre los tres primeros. Sí, entre los tres. Hasta puede que le perdone la afición ahora muy cabreada porque en esto del fútbol ya se sabe, lo pasado se olvida pronto y el partido más importante siempre es el último, sobre todo si se ha ganado. Pero en Riazor se equivocó con la consecuencia, más o menos directa, de que el equipo cayó eliminado. Lo sabemos. Lo sabe. A partir de ahí, el partido de Coruña ya no existe, la Copa ya no existe y el Valencia tiene por delante los mismos jugadores y una competición menos para que Villa no tenga que jugar ochenta partidos, por poner un número. Desde hoy, la exigencia en la liga y también en Europa va a ser mucho mayor, de eso que Unai Emery no tenga ninguna duda.
La reunión
Llorente tiene sus métodos que serán mejores o peores, pero en general a él le funcionan. Ayer perfectamente pudo haber suspendido la cita con los pesos pesados de la plantilla para evitar suspicacias después de una eliminación en la Copa, pero no lo hizo. También podía haber llamado al entrenador para charlar sobre todo lo ocurrido y escucharlo, pero tampoco lo hizo. Y atando cabos puede que lleguemos a conocer qué está pensando el presidente y cuál es su estrategia, que aparentemente es la de meter un poquito de presión al técnico. Puede que sí o puede que no, pero cualquiera que estuviera en el pellejo del entrenador tendría que estar alerta.