La suerte nunca es una excusa válida para explicar las derrotas, pero no hay duda de que influir, influye lo suyo, unas veces para bien y otras para mal. Por eso cuando las cosas vienen torcidas no queda más que apretar los dientes en todos los sentidos y agarrarse a cualquier signo positivo esperando que no sea precisamente un clavo ardiendo, porque uno se puede quemar. En el partido de Barcelona, pese a lo duro del marcador, signos hay.
Porque hoy, después de que el Valencia cargara a cuestas con ese 3-0 inmerecido y despiadado, después de que Villa lo tuviera que ver desde la grada, de la recaída de Albelda, de haber jugado otra vez con diez y pese a todo haber perdonado al gran Barça, no se puede dar la más mínima tregua al desaliento y el desengaño. Alemania espera y allí no valen lágrimas ni lamentos. Vale dar la cara como hizo el equipo durante muchos minutos en el Camp Nou, por qué no, para sorpresa de propios y extraños. Vale tener claro a qué se juega, cómo y con quién, aunque sobre todo lo último se ponga muy cuesta arriba porque somos pocos y ni siquiera son todos los que están. Si el Valencia es capaz de encontrarle las cosquillas al Bremen igual que hizo con el Barça y los de arriba están acertados, ese partido también se puede ganar como se podía ganar al Barcelona. La hora de la verdad se acerca y el partido de Bremen puede marcar un antes y un después en la historia de esta temporada.