Un equipo temeroso, ligero de ambiciones, sin carácter y sin fuerzas. Sin ese alma como un piano de grande que lo hacía un rival asqueroso a los ojos del madridismo, al que en este escenario había que robarle hasta la honra para arrancarle un empate. No es la imagen del VCF en el Bernabéu que más gusta ver al aficionado, tampoco la imagen del VCF que quiere su presidente, pero él verá. Porque fue, quitando diez minutos de la segunda mitad, uno de los partidos más decepcionantes que se recuerdan al Valencia en la cueva del Madrid, donde se vio desbordado por la presión del rival, entregó el balón siempre a la primera y fue incapaz de incomodar ese fútbol tosco pero efectivo del Real Madrid. Vamos, lo que tantas veces hemos vivido, pero al revés. Tanto que el gol que decantó la balanza llegó después de un histórico robo de balón de Guti Haz, aprovechando que Bruno lo que es para jugar no está, por más coraje que le ponga.
Y sí, en efecto y como dijo Emery al final, el Valencia tuvo su momento en la segunda mitad, cuando algunos rivales pasaron de presionar directamente a arrastrarse por el campo y Baraja le dio algo de salida al balón, pero algún día habrá que empezar a entender que el momento de los partidos es al principio y con empate a cero en el marcador, no una hora y pico después, con un gol en contra en el mejor de los casos y un par de excusas peregrinas a la espalda. Sí, entrenador, el rival es mejor, en individualidades casi siempre lo ha sido, ahora también como equipo.