Si yo fuera presidente del Galatasaray no tardaría ni un segundo en coger hoy el teléfono y llamar al Valencia CF para ofrecer a Mehmet Topal a cambio de Nicola Zigic, pagando además lo que hiciera falta en dinero contante y sonante. Porque el turco será muy bueno en su posición de medio defensivo, seguramente lo es, pero el serbio tiene el don del gol y eso se supone que es lo que en el fútbol se paga. Claro que antes tendrán que convencer a Zigic de que le conviene pasar una temporadita a orillas del Bósforo y, de paso, disfrutar de las delicias turcas y arreglarse bien el saquito. Porque si yo fuera Zigic estaría plenamente convencido de que puedo jugar en el Valencia y, aunque sólo por despecho, pura cabezonería o porque aquí estoy de lujo, me quedaría.
La cuestión es que Emery tomó una decisión correcta porque Villa estaba pero no estaba, de esas que no acostumbra a tomar por el qué dirán. Y le salió bien porque Zigic desatascó un partido al que el Valencia no le encontraba solución a pesar de tener enfrente un equipo extremadamente limitado en todas sus filas excepto la portería, con una defensa de muchos becarios —con todos los respetos— a la que prácticamente no le habían hecho ni una ocasión en una hora de partido. Tanto quiso dormir el juego con esa acumulación de gente en la medular, Albelda, Manuel y Banega, que en vez de fútbol uno parecía estar todavía en Cine de Barrio, con ese Valencia de siempre fuera de casa, escaso de ambiciones, ausente, como si ya lo tuviera todo hecho. La diferencia es que al Espanyol tampoco se le ve sobrado de nada, gracias a ello la historia tuvo un final diferente a lo de Mallorca o Zaragoza, por ejemplo. Y gracias a que con los goles, que en realidad fueron tres, el equipo hasta se animó y dio cierta sensación de querer gustarse y cambiar esa imagen taciturna de las últimas semanas. Nunca es tarde si la dicha es buena. Y lo es.