JULIÁN MONTORO
Ni hay mal que cien años dure ni entrenador que resista un número de partidos más o menos razonable sin ganar. Tampoco Mauricio Pellegrino, por más que sea una apuesta sólida del Valencia, que haya coincidido el calendario con las visitas a Madrid y Barcelona y que, a día de hoy, no se aprecie en el club signo alguno de dudas respecto a la figura del entrenador. No las hay. Sí las hubo en su día con Héctor Cúper, por poner un ejemplo todavía cercano. Y muchas, especialmente en el momento en que se presentó a jugar en el Bernabéu en la sexta jornada como colista de la Liga con un único punto en cinco partidos. Existía en el club el convencimiento de que el equipo daba para mucho más, como así se comprobó más tarde. El Valencia acabó esa temporada siendo el equipo de moda en Europa, jugó la primera final de la Champions de su historia y acabó tercero la Liga. Pocos triunfos como aquel, el conseguido en el Bernabéu por el último de la tabla, han resultado a la larga tan valiosos.
Lo que apunta
Orden y coherencia.
Bien lo sabe Pellegrino, que formó parte de aquel equipo por empeño casi obsesivo del propio Cúper. Y Llorente, que manejaba con Pedro Cortés, Jaume Ortí y Javier Subirats los resortes del club. Esta plantilla también está llamada a más pese a lo que puedan decir esos dos exiguos puntos. Si no hay dudas no es solo por lo visto en el conjunto de los tres partidos, porque las habría. Es también por lo que se apunta, el orden táctico, la coherencia del discurso y la seriedad de planteamientos más allá de errores propios y, cómo no, de los árbitros. No es el partido inmediato tan dramático para Pellegrino como lo fue aquél para Cúper, pero sí es urgente mostrar en Mestalla que la lección del Depor está aprendida, eso sería especialmente importante, para después afrontar el Bayern con la misma determinación que el Madrid o el Barça, o puestos a pedir quizá un poco más.