A mi colega Salva Ferrando no le mola que cuando escribo mis cosas utilice letras «de grupos de esos que sólo tú conoces». Lo de que nadie conoce a Fito, a Marea o a Extremoduro, no se lo tengo en cuenta porque el hombre tiene pinta de escuchar a los Panchos, y ya se sabe que para gustos colores y que si hay gente que se siente madridista, pues también puede haber alguien a quien le guste ´David marioneta eres Bisbal´ —La Fuga dixit—. A mi colega Salva lo que le mola es que cuando escriba diga las cosas claras, «últimamente estás más lúcido y hablando clarito, como a mi me gusta», me dice. Mi colega Salva no quiere pensar ni tampoco jugar al juego de interpretar qué estoy queriendo decir cuando escribo según qué cosas o cuando echo mano de aquella o esta letra de canción.
Seguramente mi colega Salva tiene razón y abuso de las letras de mis canciones favoritas que quizá sean demasiadas. Seguramente me pongo muy pesado con mi música y mis historias, pero hay melodías que ponen mis sentidos a flor de piel. Hay melodías que despiertan mi neurona y activan mis dedos. Y entonces, de repente, me encuentro escribiendo libre al sol y al viento y repartiendo el amor que llevo dentro. Me está pasando en estos momentos. Mientras escribo esto escucho de fondo a Fito cantar su nueva canción —´Hasta que cuente diez´— y no puedo evitar tararear y rebuscar entre las palabras lo que este pequeño genio de los acordes intenta decirme.
Así que con el debido respeto y pidiendo de antemano perdón a todos aquellos que como mi colega Salva están hartos de que utilice letras de canciones en mis textos, me veo obligado a echar mano de unas palabras de Adolfo Cabrales, porque ha sacado disco nuevo y porque la primera canción ya pulula por internet. Pero sobre todo porque estoy total y absolutamente poseído por ella. Lo siento Salva, pero Fito me puede, Fito canta a la vida, y yo hoy «no tengo nada para impresionar, ni por fuera ni por dentro», así que recurro a él.
Ya sabes que la vida en el Valencia, más allá de los prometedores partidos de pretemporada, —y de mi reciente fascinación por Banega— dice que si unos uruguayos ponen mucho dinero sobre la mesa serán los dueños de nuestro equipo. Y no es que tenga nada contra los uruguayos en general ni contra estos uruguayos en particular, es que a la manera romántica, siempre me gustó pensar que aunque el Valencia esté dividido mercantilmente en acciones, su dueño o su presidente, lo lleva verdaderamente en el corazón —sea Soriano, Soler, Tuzón, Ortí, Cortés o Roig—.
Ha sido escuchando a Fito cuando me he dado cuenta de que no estoy preparado para que venga cualquiera que jamás ha estado en Mestalla porque no tiene ningún interés en el Valencia más allá del puramente comercial, y se haga con la propiedad del equipo porque tiene dinero y la posibilidad de comprar. Y que se me entienda, que no dudo de Dalport ni de su valía si es que finalmente ponen la pasta. Tampoco sanciono o denuncio públicamente a quien ha vendido lo que es suyo porque antes lo había comprado. Es más, si Dalport los pone y se queda con el Valencia, ¡ojalá acierten en cada decisión que tomen, que demasiados errores vivimos hace unos años! Yo simplemente digo que no estoy preparado para que alguien que no siente el Valencia como yo lo siento, sea su dueño. Por eso «no voy a sentirme mal si algo no me sale bien, he aprendido a derrapar y a chocar con la pared. Que la vida se nos va como el humo de ese tren, como un beso en un portal antes de que cuente diez. Y no volveré a sentirme extraño aunque no me llegue a conocer y no volveré a quererte tanto y no volveré a dejarte de querer». Por cierto, que hoy toca Bajoqueta Rock en Benifaraig. Si no pasa nada por allí estaremos.