Los hijos de Leónidas , siglos después, vieron pasar el cadáver de Jerjes. Arrasada Babilonia llegó el sátrapa persa a las Termópilas rodeado de atrabiliarios pelotas, analfabetos, sicarios y mercenarios. Y acabaron con los 300 espartanos, con la inestimable colaboración de algún traidor. Pero la victoria deshonrosa de hoy fue la derrota de mañana. Murió devorado por los suyos entre intrigas palaciegas y rodeado de eunucos. Es la metáfora de la victoria, o de la derrota, o de la vida. Pero pongamos que hablamos de fútbol.
El enjambre...
Entono el mea culpa. Aunque sea de forma coyuntural. Jamás fue tan elogiado el empate y faltó la lanza de Villa para que, ahora sí, Leónidas-Emery le ganara la batalla a Jerjes-Laporta-Guardiola. Con presión, recuperación, confianza e intensidad, más la prodigiosa rareza de Mathieu, Unai le dio una lección a los escépticos del míster valencianista. Entre los que se encuentra un servidor. Y nuestro Gatusso de la Pobla Llarga pintó la raya. Albelda volvió a Mestalla. (Como dice Galeano, cuántos lo descubren ahora, el fútbol tiene tanta facilidad para crear ídolos como para destruirlos). En tiempos de astracandas, ópera bufa y liderazgos evanescentes, es una gloria asistir a actuaciones como la de David. Y apareció Banega, multiplicado en ataque y defensa. Siempre tiene un regate. Garantiza una exitosa gambeta en cada movimiento. Y apareció el enjambre de los pequeños, que además robaban balones para llevarlos a casa.
Y los centrales...
Y Navarro con Dealbert. El fútbol es un fantástico reconstituyente de espíritus. Descubre hombres y habilita el milagro. ¿Pues no han vuelto Arias y Tendillo, centrales valencianos, en las piernas de estos dos chicos? Los periodistas somos expertos en acertar en la diagnosis a posteriori. Como los economistas, nunca nos equivocamos. Pero construimos losas mediáticas que, en ocasiones, condenan a inocentes. El sábado a la noche reivindicaron su ADN. Vendrán veladas de oprobio. Seguro. La grada no perdona ni una. Pero no hoy.
Y el Barça...
Mención a parte merece este Barça terrenal. Iniesta fue el mejor, juega al fútbol sin querer. Alves concentra la maldad de los tres hermanos Dalton pero es el malo de las películas que acabas odiando pero que te gustaría tener en tu equipo. Y Messi, el mejor jugador del mundo, fue el peor en Mestalla. Porque le duele Argentina, porque siete años de contrato han de relajarte por condena y porque enfrente tuvo a un equipo. No pretendamos que jueguen así los nuestros contra el Almería. Este deporte es grande porque sus pilares se fundamentan en la psicología del ser humano. Me quedo pues con Leónidas-Unai, aunque no se parezca a Gerard Butyler. Eso sí. El emperador persa es clavadito a Rodrigo Santoro. O mejor Laporta. Hasta luego Jerjes.