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Ley Beckham: historia de un atraco

Sólo un zoquete se atrevería a protestar ante una reforma lógica y necesaria

 
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Hace unos pocos años, aunque hoy parezca mentira, la economía española viajaba como un cohete en el vagón reservado a las grandes potencias mundiales. El Estado recaudaba más de lo que podía gastar, se creaba empleo a espuertas, la lista de espera para comprar un coche o una vivienda era terrorífica. Se declaró el estado de felicidad y en el ministerio de economía de Rodrigo Rato se buscaban sin cesar nuevas fórmulas para hacer de España un país aún más adelantado en todos los ámbitos. En esas, levantó la mano Florentino Pérez, tan capaz para los negocios como sagaz para las relaciones con el poder, y sugirió una reforma fiscal que favoreciese a los grandes clubes deportivos españoles. Se trataba de hacerlos más competitivos frente a sus rivales ingleses e italianos aliviando la carga fiscal que conlleva fichar a las grandes estrellas extranjeras del firmamento futbolístico (el baloncesto también se beneficia, pero en menor medida), que a día de hoy vienen a España siempre con sueldos limpios de polvo y paja. A los dos grandes partidos políticos del país les pareció bien la idea y la cosa se aprobó en el Congreso—la conocida como Ley Bechkham— sin hacer demasiado ruido. De resultas de esa medida, resulta que el señorito Cristiano Ronaldo, igual que su colega Ibrahimovic, o, por quedarnos más cerca, el señor Mathieu, pagan menos impuestos, proporcionalmente, que, pongamos, una pareja de mileuristas de La Pobla de Farnals. De un plumazo, los padres de la patria dinamitaron el principio básico del sistema impositivo de cualquier país civilizado: el de progresividad, que implica que paguen un mayor porcentaje de sus ingresos aquellos ciudadanos que los tengan más abultados (les seguirá quedando más renta que a los de la parte baja del escalafón). Ello, en un momento de abundancia podía tener la justificación de hacernos más competitivos en el ámbito deportivo (lo de los científicos, que se metió en el saco también para disimular, es una milonga pues no hay un solo científico en España que gane más de 600.000 euros). Pero hoy, con la economía española cabalgando desbocada hacia los 4 millones de parados, resulta injusto, caprichoso y un insulto al esfuerzo de tantos españoles que a duras penas llegan a final de mes. De ahí nace la acertada iniciativa del PSOE de acabar con ese inaceptable favoritismo hacia un grupo concreto de privilegiados trabajadores del país. Bien está que los futbolistas ganen mucho dinero. Lo merecen porque son los protagonistas del mayor y más popular espectáculo del mundo. Pero que los futbolistas extranjeros paguen menos al fisco que sus compañeros españoles y menos proporcionalmente que un humilde trabajador es una tomadura de pelo. Los señores Astiazarán y Laporta, que han salido rápidamente al paso de la medida, harían bien en mantener la boca cerrada. Sólo un zoquete —me temo que ambos lo son—, con la que está cayendo, se atrevería a protestar ante algo tan lógico y necesario.

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