No es cuestión de sacar conclusiones tremendistas de este empate a uno que no fue un 2-0 por exceso de pasión. Pasión de Villa, que se fue a matar un balón que debía entrar solo para ser gol. Y pasión de Bruno. En un exceso de celo se subió a lomos de un contrario, cuando debió ser más inteligente y menos impulsivo para no cometer un penalti de prebenjamines. Tampoco es para decir que el Valencia no está para pelear la liga por este resultado, porque no estuvo tan mal el Valencia más allá de un par de accidentes y otros dos palos. Lo que ocurre es que más de uno esperaba que terminase el partido para irse a cenar feliz y contento. Era noche para vivir sacando pecho con su Valencia, para irse a dormir pensando aquello de a quién le importa lo que hagan Barça y Madrid. Y al final no pudo ser así. El partido, como casi siempre, lo había encarrilado Villa. Lo hizo además con un gol que le debía a Silva de la primera parte, cuando le traicionó el instinto de delantero asesino y empujó ese balón a la red. Nada hacía presagiar que toda esta felicidad se pudiera ir al traste hasta que el equipo, sólo durante unos pocos minutos, bailó con fantasmas que creíamos enterrados hace tiempo. Pocos, pero demasiados cuando se compite a este nivel y por estos objetivos. No es una cura de humildad, sólo un aviso. Y el que avisa no es traidor.