La afición del Valencia anda despistada. Marcada por las guerras internas que ha vivido el club y por las externas —Quique contra Carboni, Albelda contra Soler y Koeman y Dalport contra todos— y todavía traspuesta por la situación económica y por la posibilidad de que el equipo del que disfruta y presume se le diluya entre las manos porque sí, porque sí, porque sí —porque en esta vida no quiero pasar más de un día entero sin ti y porque no hay un duro—, la gente tiene la necesidad de aferrarse a algo que le lleve a Mestalla, aunque sea una bufanda. La gente está como loca por ilusionarse y sentirse orgullosa con su equipo, pero no se fía. Es como si llevase siempre el escudo puesto ante la posibilidad de volver a pegarse otra hostia. Lógico. Han pasado demasiadas cosas en demasiado poco tiempo y algunas demasiado extrañas. Pero el fútbol es caprichoso para lo bueno y para lo malo y nos ha puesto a todos en bandeja el mejor partido del mundo para saltar al vacío de la ilusión sin mirar si hay colchoneta. ¡Da lo mismo! El Valencia está en crisis, pero su afición no falla, y si no hay dinero para hacer un tifo, hay bufandas para ondearlas al viento y animar hasta la saciedad hasta acobardar al rival desde el primero al último minuto. Es el tifo de los pobres pero honrados, ante los millonarios galácticos de Florentino. Yo llevaré una del Alcorcón.