Hay tanto detrás de la victoria del Valencia sobre el Villarreal que se podría escribir un libro. Un triunfo que se coció despacio, como los buenos guisos de invierno, minuto a minuto, con la caldera de Mestalla y el fuego de la eliminación copera. Si el Valencia hubiera tirado la Copa en Riazor y aquí no hubiera pasado nada, como ocurre sesenta kilómetros más al norte, el resultado de este partido habría sido otro. Pero no, fue el equipo de Unai Emery —y él mismo— el que salió con el chip de la exigencia máxima y la ambición, no el de los paños calientes. Una diferencia que se evidenció en el campo en esos primeros minutos que Villa, Silva, Banega y compañía aprovecharon para sentenciar el choque. Costaría hasta adivinar qué jugadores descansaron el miércoles y de todos quién supera y quién no los dos mil minutos de juego. Estaban los que tenían que estar.
Y tuvo hasta suerte el Villarreal de que la voracidad del Valencia se volviera soberbia después del 2-0 por tanta superioridad —numérica y no numérica— en el campo. De otra manera, con o sin penaltis y expulsión, el resultado pudo haber sido escandalosamente escandaloso. El entorno, ese al que muchas veces se culpa de todos los males, el de verdad, a veces también gana partidos. O ayuda... Hasta se podría haber remontado alguna eliminatoria con un poco más de ayuda. Y ahora, ¿qué tal si pensamos en pelear por la Liga sea o no sea una exigencia, esté o no programado?