Por qué decidiste finalmente chutar a gol el otro día?», le pregunté ayer a Banega. Él respondió que Silva se desmarcó por la izquierda y que eso hizo que Pedro López dudara y dejara el hueco para poder tirar a gol, ya que no cerró porque él no sabía qué iba a hacer yo, puesto que tenía dos opciones. Insistí: «¿Pero qué hubieras hecho hace un año, tirar a gol o hacer el pase?». Ahí fue cuando verdaderamente entendió mi pregunta, porque me miró sonriendo y dijo taxativo: «No, no, hace un año en cuanto hubiera recuperado el balón la habría pasado inmediatamente».
A eso en mi pueblo lo llamamos confianza y este chico, además de calidad, ahora tiene mucha, así que haría bien el entrenador del Valencia en reforzarla y no crearle dudas; lo digo por si tiene la tentación de jugar otra vez con doble pivote defensivo fuera de casa. Seguramente Éver no llegue jamás a los registros goleadores de Baraja —cometemos un grave error y le hacemos un flaco favor si siempre lo comparamos con el Pipo— pero es en esos momentos titular indiscutible en el once de Emery. En las distancias cortas Banega es simple, recatado pero confiado. Te espera y hasta que no lo cree conveniente no se suelta. Cuando se suelta sorprende ver a un crío de su edad decir que el peso de la fama le pasó factura, que se volvió tonto pero que se arrepiente de todo aquello. Como con Albelda y el juicio, haríamos bien en no recordarle esos pasajes cada vez que se ponga enfrente de un micrófono, pero da la impresión de que él ya lo tiene asumido y eso le hace un poco más fuerte. He mirado a Banega a la cara y, al margen de darme cuenta de que me he hecho mayor, he pensado, «este tío, con 21 años, ¿cuánto dinero vale ahora en el mercado? ¡Banega renovación!».