Si sorprendente y aleccionadora ha sido la jornada europea de Champions y Europa Liga para los equipos españoles, de insólitas habría que calificar algunas de las reacciones que hemos tenido que leer. La palma se la lleva —no es la primera vez— Unai Emery. Estaba enfadado tras la derrota. Pero no con él mismo y con sus jugadores, como habría resultado lógico considerando la manifiesta diferencia de calidad entre las plantillas de uno y otro equipo. En lugar de eso, responsabilizó de lo sucedido al árbitro y a la agresividad del rival, hasta el punto que afirmó, en un gesto de extremismo nada propio de su atenuada expresividad, estar deseando «jugar la vuelta cuanto antes». De sus palabras se deduce que tanto él como sus chicos se vieron sorprendidos por el modo de proceder del Brujas. Síntoma inequívoco de su bisoñez, de la deficiente preparación del partido que hizo el cuerpo técnico ante un rival que siempre juega así y de la errónea disposición al fútbol de máximo nivel que se está propagando como la pólvora entre los equipos españoles.
La cara de Pellegrini
Algo de ese no entender qué pasa se vio también el martes en la cara de Pellegrini. Acostumbrado a pasearse por la Liga, a finiquitar los partidos en arreones de diez minutos, su Real Madrid no supo a qué atenerse cuando, de repente, se encontró enfrente con once tipos que no dejaban los cinco metros de espacio de rigor con los que se está jugando el campeonato español en la presente edición. El Lyon jugó a morder, cada control defectuoso del rival era castigado con la pérdida del balón, cada balón dividido caía del lado del más fuerte. Albiol creyó que la mejor manera de defender es recular hasta el área propia dejando los malditos cinco metros al rival y llegó el gol de Makoun (algo calcado a lo que hizo Marchena con Diego Castro, ¿será el agua de Paterna?)
No es casualidad
Que ninguno de los cinco equipos españoles que ha competido esta semana haya obtenido la victoria no parece, por ello, fruto de la casualidad. Nuestra Liga ha ganado en calidad técnica tanto como ha perdido en agresividad. Aquellos equipos de antaño que se atrincheraban en su estadio en torno al «no pasarán» forman parte ya de la historia. La mayor parte de los partidos son de guante blanco y al que se pasa un poco de la raya, árbitros y prensa se encargan de su público ajusticiamiento. Barcelona y Madrid se pasean a su antojo si se lucha con las mismas armas. Se sublima el taconcito —acordémonos de Guti— y se deplora el contacto. El fútbol ya no es cosa de hombres. En cuanto nos dan dos pataditas ya ponemos el grito en el cielo, olvidando la esencia misma de este deporte. Quizás sea por eso que el único equipo al que de verdad le ha ido bien en Europa en el último lustro, Barcelona al margen y fuera de competición por la sublime calidad de su plantilla, es el Sevilla. Ese conjunto antipático y cuartelario que recurre para ganar lo mismo a lo civil que a lo criminal.