Un día en el Camp Nou

El Valencia desperdició una oportunidad de oro para dejar de salir
siempre derrotado ante los equipos importantes de la Liga

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Fui al fútbol con mi padre, que ha visto jugar a Di Stefano, y con la mayor de mis hijas, para quien el Valencia debería cambiar el color de su camiseta «porque el blanco solo es muy aburrido». Pero, ¿qué son sesenta años de diferencia? Al primero tuve que esconderle la verdad cuando me preguntó, con aviesa intención, «¿quién es ese 3?». Se refería a Maduro y, cuando has visto jugar a Di Stefano, hay cosas por las que no pasas. A la segunda, tuve que reconocerle que Villa no estaba en el campo porque estaba lesionado. «¿Qué quiere decir lesionado?». La conclusión, cinco minutos después, fue que unido el aburrido y níveo blanco a la ausencia del Guaje, la pequeña traidora prefería que ganase el Barça. Las hay con suerte.

Nieta y abuelo, juntos
Antes de que se abriese el comedor —nieta y abuelo portaban suculento bocadillo bajo el brazo e hicieron un excelente uso de él poco después— aún hubo tiempo de ver un Valencia serio y bien plantado. Uno casi diría que ordenado. Tocaba bien, salía, jugaba a dos toques. La parroquia se miraba como de reojo y empezaban los murmullos que el Camp Nou reserva para los días que pintan bastos. «¿Por qué la gente está callada?». Hasta las niñas se daban cuenta de que allí pasaba algo. Pero no llegó la sangre al río. Se puede tocar ligero, presionar con coherencia y salir rápido y con criterio al contraataque, pero no pasarás de equipito apañado si cuando llegas al área rival disparas a puerta como si fueras un cadete de primer año. Y eso es lo que le está pasando al Valencia en estos últimos tiempos. Mucho ruido y pocas nueces.

Jugar en la élite
Luego, el desmorone. Albelda se lesiona, Bojan —horroroso— desaparece, Messi decide enseñarle a Dealbert cómo se juega en la élite, Zigic le da la razón al míster y solicita unas nuevas vacaciones, yo me tengo que ocupar del bocadillo de queso, el agua y las mandarinas y, de postre, un señor escucha por la radio —y comenta al vecindario— que el expulsado por doble amarilla ha sido Maduro. Mi padre se gira y me mira con cara de haber sido estafado, mi hija escupe un gajo de mandarina porque tiene hueso, Messi marca el segundo sin otra oposición que un César que podría denunciar a su defensa en el juzgado cualquier día de estos y lo que antes eran susurros y un señor firmando el uno a cero y gracias, ahora son alharacas y palmaditas de «si ja t´ho havia dit jo».
Tener a Messi o no
Pero, aunque para las niñas de seis años no exista otro matiz que el resultado, que nadie se lleve a engaño. El Barça ganó porque tiene a Messi y el Valencia perdió porque no supo controlar al argentino, el único azulgrana que no pareció sobrar en el partido. Los de Guardiola fueron un equipo plano y previsible que dio claros síntomas de agotamiento. El Valencia desperdició una oportunidad de oro para dejar de salir siempre derrotado ante los equipos importantes de la Liga.

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