La pobre Nieves quería hacer la comunión para ser aceptada socialmente, pero los señoritos no la dejaban. Era 1964, el año en el que se sitúa la obra maestra de Miguel Delibes, quien denunció con Los Santos Inocentes la semilla de otros tiempos en los que universos arcaicos de boinas y boñigas giraban alrededor de la religión en la esfera pública. Tiempos a los que el sector ´religioso´ de la directiva del Levante UD retrotrajo a un club de fútbol más de medio siglo después con la visita del pasado martes al Palacio Arzobispal, donde a cada uno de los futbolistas se les adoctrinó con un rosario, un libro con los evangelios y la medalla del Papa del V Encuentro Mundial de las Familias. Chavales que no asomarían la nariz por misa rezaron el Ángelus y escucharon al presidente Catalán felicitar al arzobispo Monseñor Carlos Osorio como «pastor de la iglesia en Valencia».
Fue la estampa de la confesionalidad hacia la que algunos parecen reorientar a la entidad, en cuya Fundación ya se cuestionó que el levantinismo se identifique con las sotanas cuando el patrono de la Universidad Católica se arrogó de un papel especialmente activo. Si como escribe el antropólogo Christian Bromberger el fútbol se diferencia de la religión en que no aporta ningún mensaje sobre la salvación, lo cierto es que sería mejor que el Levante dejase para la esfera privada las cuestiones relativas a supernumenarios y colegios del Opus porque, como la niña Nieves, le irá mejor si se preocupa de lo mucho que tiene entre las manos sin esperar del cielo ayuda divina. Amén.