Hay veces que toca experimentar lo largo que puede llegar a ser un partido de fútbol, para bien o para mal. Fútbol de otra época, como una final de Copa de los años cuarenta, cuando los defensas no es que fueran malos, eran pocos, y los delanteros se hinchaban a meter goles en las dos porterías. Es difícil imaginar cuántos hubiera firmado en aquella época ese jugador de leyenda que es el Guaje Villa, con mayúsculas, uno de los más grandes en la historia del Valencia. Si él no se puede contar la historia de este partido ni de este Valencia que necesita cuatro goles para no caer eliminado en Bremen.
Lo mismo que César. Ya no es casualidad que sea el mejor incluso cuando le hacen tres o cuatro, porque defensivamente este equipo da para eso y para más. Por eso el Valencia tuvo la eliminatoria resuelta hasta tres veces, con 0-2, con 1-3 y con 3-4, después de ese extraordinario gol de Villa que parecía dar a los alemanes la píldora para dormir, pero eso hubiera sido así en cualquier otro partido normal, no así entre estos dos equipos armados hasta los dientes pero con las trincheras llenas de topos, siempre a pecho descubierto. Las cartas son las que son y el Valencia está en cuartos después de resistir el bombardeo final con Maduro y Dealbert contra las torres gemelas del Bremen, Jordi Alba de lateral y Míchel, refuerzo del filial, tratando de cerrar vías de agua en la medular. Sin Albelda, sin Banega, Navarro, Alexis, Mathieu ni Pablo, un buen puñado de titulares. No le pongamos pegas.